Las tres manzanas

Cada año en la primavera, el manzano, un ejemplar que crecía cerca de la vereda y que solo había desarrollado una retorcida rama, se llenaba de flores. El viento, las lluvias y las heladas atentaban contra aquellos incipientes brotes, pero al final, siempre quedaban tres manzanas.
El carpintero del barrio, dueño del predio, regaba la planta todas las mañanas. Para defender las manzanas del ataque de los pájaros construyó una complicada jaula de madera alrededor de ella.
-Sería mejor que te compres otro ejemplar, uno de mayor productividad- le sugirió Pedro, el vecino- así alcanza el reparto de manzanas para todos.
-Amo esta planta - contestó-. Cobra los errores de la naturaleza, premia los aciertos y alimenta mi alma.
Un día, el carpintero se enfermó.
-¡Yo cuidaré el manzano!- le gritó para tranquilizarlo cuando lo introducían en la ambulancia.
Pero su amigo nunca volvió. Murió tras sufrir una larga enfermedad.
Con el tiempo, cuando Pedro retiró las maderas, las manzanas ya estaban en el piso, podridas.
-Qué lástima, nadie las pudo aprovechar - se lamentó.
Al año siguiente, el árbol de nuevo estaba lleno de flores y como siempre, al final quedaron solo tres manzanas en aquella solitaria rama.
-Voy a probar una - dijo cuando maduraron.
Recordando la dulzura de la misma, a la siguiente mañana, cuando fue a regar la planta, encontró que alguien más disfrutaba aquel manjar. Un zorzal, picoteaba en el piso los restos de las dos últimas manzanas.
Decidió podar la rama para mejorar la vitalidad de la planta y cumplir con la promesa dada al carpintero, además, construyó sobre la planta un invernadero desmontable.
En la primavera siguiente, el árbol generó nuevas ramas y éstas, se llenaron de flores.
Cuando las manzanas ya estaban madures, retiró la cubierta de plástico y expuso su obra a los vecinos.
Dedujo que ante tal cantidad de frutos presentados repentinamente, el acoso de los pájaros no afectaría la cosecha.
- Es alimento para el alma saciar a los hambrientos- explicó a quienes sugirieron que debería colocar un espantapájaros.
A la noche siguiente, tuvo que soltar al perro para espantar un grupo de intrusos que robaban despreocupadamente aquellos frutos.
Solo dejaron tres manzanas.
Al otro año, con la siguiente poda, el manzano entregó una cosecha récord.
-Esta vez no tendré ningún tipo de depredadores- afirmó Pedro atando al perro a la planta con una gruesa y larga cadena. Lo había entrenado para defender las manzanas hasta de los pájaros.
El cabo de poco tiempo, el roce de los eslabones de metal contra el tronco provocaron un daño irreversible. El manzano, se secó.