La tercera guerra mundial
Reinaldo, descendiente de argentinos por muchas generaciones, radicado en Puerto Argentino, vendía arena para las empresas constructoras en las islas Malvinas. Utilizaba para tal menester un viejo camión guerrero de doble tracción, rezago de la última guerra. Elegía para su extracción siempre la misma cantera. El precio en obra justificaba la carga a mano con una simple pala. Doscientas paladas de un costado de la caja, otras tantas del otro y finalmente otra cantidad igual en la parte trasera alcanzaban para completar dos metros cúbicos. Estaba por concluir aquella jornada cuando la pala chocó contra algo duro. Cavó con cuidado alrededor del mismo, por precaución, podría ser una antigua mina abandonada por el ejército argentino. Grande fue su sorpresa al descubrir que era un simple control remoto, con dos botones. Uno verde, otro negro. Cuando terminó de limpiarlo, por curiosidad, apretó el botón verde. Para su sorpresa, el suelo comenzó a temblar. Parecía que con ese simple gesto hubiera activado un volcán. La arena que brotó a borbollones de la cima del médano oscureció momentáneamente el horizonte. Un poco después, cuando cesó aquella erupción y el material expelido comenzó a caer como lluvia, comprobó que en el lugar había quedado expuesto un artefacto muy grande, de brillante metal, semejante a una nave espacial. Atemorizado por el inusual evento buscó refugio debajo del camión, aferrado a la pala, dispuesto a defenderse con ella ante cualquier emergencia. Un zumbido indicó que el proceso aún no había terminado. Una cabina que emergió lentamente en la cubierta superior y que quedó a la vista con la puerta, abierta lo animó a acercarse para espiar hacia el interior. Presa de irresistible curiosidad, animado por la brillante luminosidad que emanaba desde el fondo decidió continuar con la investigación.
-Es una nave extraterrestre abandonada- afirmó Reynaldo, convencido, internándose en ella al ver que la cabina de mandos estaba vacía y solo se destacaba en el centro un extraño sillón anatómico, que supuso, pertenecería al comandante. Estaba estratégicamente ubicado delante de una gigantesca pantalla envolvente, encendida, que mostraba la imagen panorámica de la Vía Láctea. Mientras observaba el entorno, lo sorprendió la leyenda: “Bienvenido”, un texto en grandes letras verdes que apareció parpadeando sobre la pantalla.
No se animó a avanzar más hacia el interior ni a tocar nada ante el temor de activar otro mecanismo que ponga en riesgo su integridad, solo se dedicó a observar desde el portón de acceso el extraordinario entorno. En esa contemplación, le llamó la atención un punto rojo, intermitente, destacado en un brazo de la galaxia.
- Aparentemente indica la posición de la Tierra – pensó cuando aquel texto cambió por otro.
“Es correcta tu deducción”
- ¡Lee mi mente! -dedujo sorprendido por la respuesta y cuando ya apareció el siguiente mensaje.
“Afirmativo”
Conmocionado por la última leyenda, quedó pensando en las consecuencias de aquella intromisión en su intimidad. Lo apabulló estar delante de una máquina inquisidora, quedó incapaz de ordenar otra pregunta al intuir que ésta la adivinaría antes.
Para no delatar el temor que le provocó interactuar con aquel sistema prefirió actuar pausadamente, ya que no sabía hasta dónde podría escudriñar aquella máquina en su fuero íntimo.
-¿Podrá expresarse verbalmente o solo será por mensajes de texto?- se preguntó.
“Puedes elegir”
–Quiero escuchar tu voz.
“Estoy a tu disposición”- dijo una voz metálica.
-¿A quién pertenece esta nave? preguntó intriga.
“A ti”
-Tú dices que es para mí. No te creo, no sé manejar este vehículo, si bien… me gustaría ser un astronauta, la realidad es… que no lo soy.
“Solo se necesita una mente adecuada y tú la tienes. Soy un instrumento de una cultura superior, preparado para llevarte en persona hasta los confines del universo”.
– ¿Me puedes llevar a donde me plazca? -preguntó luego.
“A cualquier parte del universo conocido, pero siempre, en los puntos habilitados”
-¿Cuáles y para qué son aquellos puntos? –preguntó.
“Son puntos fijos conectados entre sí para recibir los visitantes” contestó al mismo tiempo que se encendían miles de luces rojas en distintos partes de la Vía Láctea, achicándose aquella vista panorámica, apareciendo otra galaxia en su lugar, repitiendo el proceso una y otra vez, cada vez con mayor velocidad.
-Basta- ya entendí, no se me ocurriría ir tan lejos- exclamó para detener dicha explosión de luces que comenzaban a marearlo.
- ¿A parte de ti, hay alguien más para comandar ésta nave?
“No”
-¿Y… cómo se maneja esta nave?
“Solo debes sentarte en el sillón y elegir mentalmente el lugar de descenso.
-Voy a probar, veremos si funciona-murmuró entusiasmado.
Para estar más cómodo limpió con la pala la espesa capa de tierra acumulada sobre el sillón por el paso del tiempo. También apartó algunos trozos de tela podrida y una extraña hebilla, quejándose de aquella mugre, ya que el resto de la habitación estaba reluciente. Justo en ese momento, de una puerta lateral surgió una aspiradora con ruedas que limpió el entorno prolijamente.
Reynaldo se acomodó en el sillón después de aquella operación. Eligió visitar el punto más cercano a la Tierra.
“Es la estación existente en el planeta Marte, tiempo del viaje: quince minutos”
Un zumbido posterior indicó que el portón de entrada había comenzado a cerrarse, al mismo tiempo, varias cintas y abrazaderas ajustaron a Reynaldo al sillón.
–Debe ser por la gran la velocidad con la que vamos a partir- supuso.
En la pantalla, un trazo amarillo indicó el camino que recorrería la nave para llegar a destino. Luego de un momentáneo mareo, Reynaldo pudo observar el inicio del viaje. La Luna quedó atrás en segundos, casi no pudo ver detalles de ella debido a la velocidad con que la rebasaron por un costado. El planeta Marte, que al principio era similar a una simple estrella anaranjada pronto comenzó a destacarse y aumentar notoriamente de tamaño. Minutos más tarde, en la panorámica pantalla observó el suave descenso de la nave sobre la pedregosa llanura marciana. Un texto superpuesto sobre ella indicaba que no debía abandonar el puesto ya que carecía de ropa adecuada para salir al exterior.
- Entonces llévame a otro lugar en donde pueda asomarme fuera de ésta nave.
“Luna Europa, base interna, a una hora de este punto”
– Está bien, vayamos para allí-solicitó.
De nuevo, antes del despegue, sufrió un leve desvanecimiento y en la pantalla apareció el gráfico con el siguiente itinerario. El viaje fue muy interesante ya que ésta vez pudo ver en detalle la majestuosidad de Júpiter.
Descendieron sobre una superficie congelada de la luna Europa. Se detuvieron luego de atravesar una espesa capa de hielo, derritiéndola durante el descenso.
Se levantó del sillón cuando lo soltaron las abrazaderas y en la pantalla decía que podía salir al exterior, pero solo por dos minutos, ya que carecía de ropa adecuada para permanecer por más tiempo.
La puerta estaba abierta, afuera, solo era oscuridad.
- ¿Puedes prender las luces exteriores?- preguntó e inmediatamente apareció ante sus ojos una inmensa caverna de hielo. En el centro de ella un lago de agua transparente dejaba ver la existencia de vida. Un cardumen de pequeños peces navegaba en larga fila, mansamente, seguida desde atrás por una enorme anguila, del tamaño de una ballena que trataba de engullirlos. Temblando de frío y por temor a la presencia de otro tipo de depredador resolvió retornar a la nave inmediatamente.
-Volvamos a casa- pidió con voz temblorosa.
“Duración del viaje una hora y treinta minutos” –Leyó en la pantalla mirando la traza del viaje de retorno a la Tierra, un diminuto punto azul. Cansado por la inusual experiencia decidió aprovechar para dormir en aquellos escasos minutos.
- Estoy de nuevo en la Tierra, constató al despertar y ver su camión delante de la puerta ¿Qué raro, aquí está todo igual, nada cambió ni se movió del lugar? –se preguntó extrañado.
– Al retirarse y para asegurarse de que otros no descubran su secreto apretó el botón negro. El volcán apareció de nuevo y tapó por completo la nave.
Entusiasmado con aquella experiencia, volvió al otro día, esta vez con una valija llena de ropa para responder adecuadamente cualquier circunstancia climática.
Apretando la tecla verde de nuevo apareció la nave.
-Esta vez quiero conocer un planeta amigable, que tenga un clima parecido al de la Tierra.
“Planeta Juno perteneciente al sistema Alfa Centauri a un año luz”
–Está muy lejos ¿Qué voy a hacer durante tanto tiempo?
“Para ti solo serán un par de horas”
–Bueno, vamos para allá- dijo antes de perder el conocimiento.
Cuando despertó, en la pantalla ya se podía ver que estaban descendiendo sobre un planeta muy árido, iluminado por dos estrellas y con escasa vegetación. Restos de escombros que asomaban entre los médanos llamaron la atención de Reynaldo.
“Es lo que quedó de la civilización que dominaba esta parte del Universo. Están extintos, se aniquilaron mutuamente hasta consumir todos los recursos”
-Este lugar no me gusta, puede estar contaminado. Vayamos a otro lado.
“Kepler 22-b duración del viaje 600 años”
-¿Tu me duermes y despierto inmediatamente en ese planeta?
“ Afirmativo”
Cuando despertó, la luz del astro que iluminaba aquel planeta ya entraba por la puerta. Le costó levantarse ya que la gravedad allí era dos veces y media mayor. Tenía la sensación de caminar cuesta arribe todo el tiempo, pero el paisaje no era muy diferente al de la Tierra. El viento, suave, no tenía fuerza para llevar los granos de arene por el aire y había formado un gran médano en la costa al que tuvo que trepar arrastrándose en cuatro patas. Desde la cima, observó un océano similar a cualquier playa de la Tierra, a lo lejos, las montañas multicolores indicaron la misma similitud, paro en la arena de la playa se notó la diferencia. No había en la resaca restos de madera, ni caracolillos, nada, solo piedra triturada.
–Este planeta no tiene vida, es muy aburrido. Llévame a otro lugar, pero ésta vez que tenga vida, lo más parecido a la que existe hoy día en la Tierra.
“Planeta Atlanta, a tres millones y medio de años luz”
-Me despiertas cuando estemos llegando.
“A la orden”
-Este planeta no tiene una estrella que lo alumbre- dijo Reynaldo cuando llegaron. Está todo oscuro, congelado- se quejó cuando la nave se posó sobre el manto de nieve.
“Se apagó hace mucho tiempo, pero la vida continúa bajo tierra, sus habitantes te están esperando”
-Pues entonces llévame hasta allí.
En segundos la nave quedó estacionada en la plataforma de desembarco. A su alrededor, una multitud de seres, semejantes en apariencia y vestimenta a los terráqueos aguardaba la presencia de Reynaldo.
-Me llamo Andreas, represento a todas las almas que habitan este suelo. Te damos la bienvenida al planeta Atlanta, tu llegada fue anunciada ya hace mucho tiempo. Estamos ansiosos por conocer las últimas noticias que puedas traer de la Tierra- dijo telepáticamente quien estaba al frente de la delegación.
-Muchas gracias, son ustedes muy amables por darme éste recibimiento – respondió Reynaldo.
-Por aquel pasillo se accede a la residencia para las visitas. Vayamos para allí para que puedas descansar de largo viaje- invito Andreas.
Era una amplia habitación con mullida cama de dos plazas en el centro. Los colores de las paredes no solo cambiaban al pensar el tono deseado sino también funcionaban como pantallas planas mostrando cualquier tipo de paisaje que pueda imaginar. Mirando las mismas, al recordar las playas de su isla natal, pronto quedó dormido. Nunca supo, que le estaban extrayendo toda la información, de ésta, y de las anteriores vidas almacenadas en su cerebro.
Al despertar, lo único que le llamó la atención fue que no tenía hambre. Por lo mismo, supuso, no tuvo necesidad de ir al baño, que de por cierto, no existía en aquella habitación. Tampoco tenía puerta, es más, no las había en ninguna parte, comprobó luego al transitar libremente por los distintos pasillos. Sus habitantes, circulaban por los mismos ignorando a Reynaldo ya que no se diferenciaba de ellos. Nadie hablaba. Todo era orden, limpieza y silencio cuando se encontró de nuevo con Andreas.
-Ven, vayamos al salón de los periodistas, está aquí al lado- invitó.
-Queremos conversar contigo- explicó cuando se acomodaron en una de las mesas - hay algunas cosas que desconoces y queremos informarte- dijo al comenzar. Un poco más tarde, entre otras vivencias amenas la conversación se centró en los horrores de las guerras.
-Radica principalmente en la ignorancia de la gente - explicó Andreas -. Nunca saben los adversarios a quién mataron. Piensan que aniquilaron al enemigo, pero lo más probable es que hayan herido o matado a un hermano de otra vida u otro pariente cercano. Es algo que se descubre cuando uno llega al fin de sus días y debe rendirle cuentas al Señor.
Reynaldo comprendió inmediatamente aquella sugerencia, por eso, decidió volver inmediatamente a la Tierra, para poder difundir aquella doctrina lo más rápido posible.
-Este mundo es demasiado perfecto para mi gusto, llévame de nuevo a la Tierra- le pidió a la computadora de la nave.
“Duración del viaje tres millones y medio de años luz”
Al llegar a destino se encontró con un paisaje diferente. Solo había arena en el exterior. Su camión, no estaba en donde lo había dejado estacionado. Alarmado, subió corriendo a la cima de la colina más cercana desde donde podría observar la ubicación de los edificios más altos de Puerto Argentino.
El panorama era peor de lo que podría haber imaginado. No había nada, la extensa y próspera ciudad había desaparecido, solo se divisaban médanos de arena por todas partes. Ante tal desolación solo atinó a retornar de a la nave para tratar de averiguar lo que había sucedido.
– Esto está otra vez todo sucio. – dijo al mirar el sillón.
– Mis manos no pueden empujar ésta mugre, atraviesan todo ¿Qué pasa? – se preguntó mientras trataba de empujar la tierra existente sobre el asiento.
“El viaje lo hacía tu alma, han pasado siete millones de años, eso es todo lo que quedó de tu cuerpo”
-¿Bien, estoy de acuerdo, pero qué pasó aquí durante todo este tiempo? – preguntó luego, al asumir aquella nueva realidad.
“La tercera y última guerra mundial comenzó hacia el final de los tiempos, cuando dos grandes potencias se enfrentaron para apoderarse de los insumos necesarios para seguir sosteniendo sus respectivas poblaciones. La chispa del conflicto la encendió un diferendo nunca resuelto. Sofisticadas naves de guerra que anulan la gravedad, fabricadas secretamente por ambos bandos, arrojaron miles de bombas atómicas sobre Inglaterra y otra cantidad igual sobre Argentina destruyendo ambos países, provocando la injerencia de un mundo que estaba dividido en dos bandos opuestos, aniquilando por completo a la raza humana. Irónicamente, sobre las Malvinas, no cayó ninguna bomba”