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	<title>Valdis Kramarovskis</title>
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	<pubDate>Sun, 20 May 2012 15:07:05 +0000</pubDate>
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		<title>Alerta mundial sobre contacto extraterrestre</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 23:47:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos y opiniones]]></category>

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		<description><![CDATA[Del 15 al 16 de Junio de 2012 se espera la presencia de naves extraterrestres. Pero depende de ellos que se cumpla éste acontecimiento.   Anunciarán su presentación ante el mundo con una pasada lenta de naves sobre distintas localidades de nuestro planeta. Será la señal para indicar el lugar del encuentro oficial. Uniendo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Del 15 al 16 de Junio de 2012 se espera la presencia de naves extraterrestres. Pero depende de ellos que se cumpla éste acontecimiento.   Anunciarán su presentación ante el mundo con una pasada lenta de naves sobre distintas localidades de nuestro planeta. Será la señal para indicar el lugar del encuentro oficial. Uniendo las primeras letras de cada ciudad en la que fuere avistado el OVNI se formará el nombre  del lugar del encuentro. De ser así, el evento ocurrirá luego de tres días en un acto formal con el presidente del país que haya aceptado recibirlos.</p>
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		<title>ELVIS el astronauta extraterrestre</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Apr 2012 19:06:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Obras publicadas]]></category>

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		<description><![CDATA[
                                         NOTA DEL AUTOR
Este libro lo escribí y modifiqué muchas veces por ser en parte [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>
                                         NOTA DEL AUTOR</p>
<p>Este libro lo escribí y modifiqué muchas veces por ser en parte experiencia propia. Elegí redactar en tercera persona para poder encontrar con mayor facilidad aquellos recuerdos conflictivos, cuyas imágenes fotográficas o textos de muy pocas palabras, eran insuficientes para poder encontrar el camino a seguir. Indudablemente que la revelación a los medios de esta trama secreta, de carácter internacional, afectó mi estabilidad emocional por cuanto traté de asumir en la ficción a un mensajero de Dios, un ser indestructible, al que nadie podría impedir que llevara a cabo su misión y que justamente consistía en la producción de esta obra.                                                                                                                                    Está aceptado que Adán fue quién inició la vida en la Tierra, pero aún quedan muchas dudas sobre su origen, según la opinión de diferentes autoridades religiosas. Por este motivo, la presenté como si fuera una novela de ficción, para que no afecte dichas teorías, dado que puedo equivocar algunos detalles. Pretende ser un homenaje a Elvis, un alma solitaria que trajo la cultura desde otra galaxia y quién fuera el segundo astronauta que cruzó el espacio profundo dispuesto colaborar con Adán y Eva.   </p>
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		<title>La tercera guerra mundial</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Feb 2012 23:07:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Reinaldo, descendiente de argentinos por muchas generaciones, radicado en Puerto Argentino, vendía arena para las empresas constructoras en las islas Malvinas. Utilizaba para tal menester un viejo camión guerrero de doble tracción, rezago de la última guerra. Elegía para su extracción siempre la misma cantera. El precio en obra justificaba la carga a mano con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Reinaldo, descendiente de argentinos por muchas generaciones, radicado en Puerto Argentino, vendía arena para las empresas constructoras en las islas Malvinas. Utilizaba para tal menester un viejo camión guerrero de doble tracción, rezago de la última guerra. Elegía para su extracción siempre la misma cantera. El precio en obra justificaba la carga a mano con una simple pala. Doscientas paladas de un costado de la caja, otras tantas del otro y finalmente otra cantidad igual en la parte trasera alcanzaban para completar dos metros cúbicos. Estaba por concluir aquella jornada  cuando la pala chocó contra algo duro. Cavó con cuidado alrededor del mismo, por precaución, podría ser una antigua mina abandonada por el ejército argentino. Grande fue su sorpresa al descubrir que era un simple control remoto, con dos botones. Uno verde, otro negro. Cuando terminó de limpiarlo, por curiosidad, apretó el botón verde. Para su sorpresa,  el suelo comenzó a temblar. Parecía que con ese simple gesto hubiera activado un volcán. La arena que brotó a borbollones de la cima del médano oscureció momentáneamente el horizonte. Un poco después, cuando cesó aquella erupción y el material expelido comenzó a caer como lluvia, comprobó que en el lugar había quedado expuesto un artefacto muy grande, de brillante metal, semejante a una nave espacial. Atemorizado por el inusual evento buscó refugio debajo del camión, aferrado a la pala, dispuesto a defenderse con ella ante cualquier emergencia. Un zumbido indicó que el proceso aún no había terminado. Una cabina que emergió lentamente en la cubierta superior y que quedó a la vista con la puerta, abierta lo animó a acercarse para espiar hacia el interior. Presa de irresistible curiosidad, animado por la brillante luminosidad que emanaba desde el fondo decidió continuar con la investigación.<br />
-Es una nave extraterrestre abandonada- afirmó Reynaldo, convencido, internándose en ella al ver que la cabina de mandos estaba vacía y solo se destacaba en el centro  un extraño sillón anatómico, que supuso, pertenecería al comandante. Estaba estratégicamente ubicado delante de una gigantesca pantalla envolvente, encendida, que mostraba la imagen panorámica de la Vía Láctea. Mientras observaba el entorno, lo sorprendió la leyenda: “Bienvenido”, un texto en grandes letras verdes que apareció parpadeando sobre la pantalla.<br />
No se animó a avanzar  más hacia el interior ni a tocar nada ante el temor de activar otro mecanismo que ponga en riesgo su integridad, solo se dedicó a observar desde el portón de acceso el extraordinario entorno. En esa contemplación, le llamó la atención un punto rojo, intermitente, destacado en un brazo de la galaxia.<br />
- Aparentemente indica la posición de la Tierra – pensó cuando aquel texto cambió por otro.<br />
“Es correcta tu deducción”<br />
- ¡Lee mi mente! -dedujo sorprendido por la respuesta y cuando ya apareció el siguiente mensaje.<br />
“Afirmativo”<br />
Conmocionado por la última leyenda, quedó pensando en las consecuencias de aquella intromisión en su intimidad. Lo apabulló estar delante de una máquina inquisidora,  quedó incapaz de ordenar otra pregunta al intuir que ésta la adivinaría antes.<br />
Para no delatar el temor que le provocó interactuar con aquel sistema prefirió actuar pausadamente,  ya que no sabía hasta dónde podría escudriñar aquella máquina en su fuero íntimo.<br />
-¿Podrá expresarse verbalmente o solo será por mensajes de texto?- se preguntó.<br />
“Puedes elegir”<br />
–Quiero escuchar tu voz.<br />
“Estoy a tu disposición”- dijo una voz metálica.<br />
-¿A quién pertenece esta nave? preguntó intriga.<br />
“A ti”<br />
-Tú dices que es para mí. No te creo, no sé manejar este vehículo, si bien… me gustaría ser un astronauta, la realidad es… que no lo soy.<br />
 “Solo se necesita una mente adecuada y tú la tienes. Soy un instrumento de una cultura superior,  preparado para llevarte en persona hasta los confines del universo”.<br />
 – ¿Me puedes llevar a donde me plazca? -preguntó luego.<br />
“A cualquier parte del universo conocido, pero siempre, en los puntos habilitados”<br />
 -¿Cuáles y para qué son aquellos puntos? –preguntó.<br />
“Son puntos fijos conectados entre sí para recibir los visitantes” contestó al mismo tiempo que se encendían miles de luces rojas en distintos partes de la Vía Láctea, achicándose aquella vista panorámica, apareciendo otra galaxia en su lugar, repitiendo el proceso una y otra vez, cada vez con mayor velocidad.<br />
-Basta- ya entendí, no se me ocurriría ir tan lejos- exclamó para detener dicha explosión de luces que comenzaban a marearlo.<br />
- ¿A parte de ti, hay alguien más para comandar ésta nave?<br />
“No”<br />
-¿Y… cómo se maneja esta nave?<br />
“Solo debes sentarte en el sillón y elegir mentalmente el lugar de descenso.<br />
-Voy a probar, veremos si funciona-murmuró entusiasmado.<br />
Para estar más cómodo limpió con la pala la espesa capa de tierra acumulada sobre el sillón por el paso del tiempo. También apartó algunos trozos de tela podrida y una extraña hebilla, quejándose de aquella mugre, ya que el resto de la habitación estaba reluciente. Justo en ese momento, de una puerta lateral surgió una aspiradora con ruedas que limpió el entorno prolijamente.<br />
Reynaldo se acomodó en el sillón después de aquella operación. Eligió visitar el punto más cercano a la Tierra.<br />
“Es la estación existente en el planeta Marte, tiempo del viaje: quince minutos”<br />
Un zumbido posterior indicó que el portón de entrada había comenzado a cerrarse, al mismo tiempo, varias cintas y abrazaderas ajustaron a Reynaldo al sillón.<br />
–Debe ser por la gran la velocidad con la que vamos a partir-  supuso.<br />
En la pantalla, un trazo amarillo indicó el camino que recorrería la nave para llegar a destino. Luego de un momentáneo mareo, Reynaldo pudo observar el inicio del viaje. La Luna quedó atrás en segundos, casi no pudo ver detalles de ella debido a la velocidad con que la rebasaron por un costado. El planeta Marte, que al principio era similar a una simple estrella anaranjada pronto comenzó a destacarse y aumentar notoriamente de tamaño. Minutos más tarde, en la panorámica pantalla  observó el suave descenso de la nave sobre la pedregosa llanura marciana.  Un texto superpuesto sobre ella indicaba que no debía abandonar el puesto ya que carecía de ropa adecuada para salir al exterior.<br />
- Entonces llévame a otro lugar en donde pueda asomarme fuera de ésta nave.<br />
“Luna Europa, base interna, a una hora de este punto”<br />
– Está bien, vayamos para allí-solicitó.<br />
De nuevo, antes del despegue, sufrió un leve desvanecimiento y en la pantalla apareció el gráfico con el siguiente itinerario. El viaje fue muy interesante ya que ésta vez pudo ver en detalle la majestuosidad de Júpiter.<br />
Descendieron sobre una superficie congelada de la luna Europa. Se detuvieron luego de atravesar una espesa capa de hielo, derritiéndola durante el descenso.<br />
Se levantó del sillón cuando lo soltaron las abrazaderas y en la pantalla decía que podía salir al exterior, pero solo por dos minutos, ya que carecía de ropa adecuada para permanecer por más tiempo.<br />
La puerta estaba abierta, afuera, solo era oscuridad.<br />
- ¿Puedes prender las luces exteriores?- preguntó e inmediatamente apareció ante sus ojos una inmensa caverna de hielo. En el centro de ella un lago de agua transparente dejaba ver la existencia de vida. Un cardumen  de pequeños peces navegaba en larga fila, mansamente, seguida desde atrás por una enorme anguila, del tamaño de una ballena que trataba de engullirlos. Temblando de frío y por temor a la presencia de otro tipo de depredador resolvió retornar a la nave inmediatamente.<br />
-Volvamos a casa- pidió con voz temblorosa.<br />
“Duración del viaje una hora y treinta minutos” –Leyó en la pantalla mirando la traza del viaje de retorno a la Tierra, un diminuto punto azul. Cansado por la inusual experiencia decidió aprovechar para dormir en aquellos escasos minutos.<br />
- Estoy de nuevo en la Tierra, constató al despertar y ver su camión delante de la puerta ¿Qué raro, aquí está todo igual, nada cambió ni se movió del lugar? –se preguntó extrañado.<br />
– Al retirarse y para asegurarse de que otros no descubran su secreto apretó el botón negro. El volcán apareció de nuevo y tapó por completo la nave.<br />
Entusiasmado con aquella experiencia, volvió al otro día, esta vez con una valija llena de ropa para responder adecuadamente cualquier circunstancia climática.<br />
Apretando la tecla verde de nuevo apareció la nave.<br />
-Esta vez quiero conocer un planeta amigable, que tenga un clima parecido al de la Tierra.<br />
“Planeta Juno perteneciente al sistema Alfa Centauri a un año luz”<br />
–Está muy lejos ¿Qué voy a hacer durante tanto tiempo?<br />
“Para ti solo serán un par de horas”<br />
–Bueno, vamos para allá- dijo antes de perder el conocimiento.<br />
Cuando despertó, en la pantalla ya se podía ver que estaban descendiendo sobre un planeta muy árido, iluminado por dos estrellas y con escasa vegetación. Restos de escombros que asomaban entre los médanos llamaron la atención de Reynaldo.<br />
“Es lo que quedó de la civilización que dominaba esta parte del Universo. Están extintos, se aniquilaron mutuamente hasta  consumir  todos los recursos”<br />
-Este lugar no me gusta, puede estar contaminado. Vayamos a otro lado.<br />
“Kepler 22-b duración del viaje 600 años”<br />
-¿Tu me duermes y despierto inmediatamente en ese planeta?<br />
“ Afirmativo”<br />
Cuando despertó, la luz del astro que iluminaba aquel planeta ya entraba por la puerta. Le costó levantarse ya que la gravedad allí era dos veces y media mayor. Tenía la sensación de caminar cuesta arribe todo el tiempo, pero el paisaje no era muy diferente al de la Tierra. El viento, suave, no tenía fuerza para llevar los granos de arene por el aire y había formado un gran médano en la costa al que tuvo que trepar arrastrándose en cuatro patas. Desde la cima, observó un océano similar a cualquier playa de la Tierra, a lo lejos, las montañas multicolores indicaron la misma similitud, paro en la arena de la playa se notó la diferencia. No había en la resaca restos de madera, ni caracolillos, nada, solo piedra triturada.<br />
 –Este planeta no tiene vida, es muy aburrido. Llévame a otro lugar, pero ésta vez que tenga vida, lo más parecido a la que existe hoy día en la Tierra.<br />
“Planeta Atlanta, a tres millones y medio de años luz”<br />
-Me despiertas cuando estemos llegando.<br />
“A la orden”<br />
-Este planeta no tiene una estrella que lo alumbre- dijo Reynaldo cuando llegaron. Está todo oscuro, congelado- se quejó cuando la nave se posó sobre el manto de nieve.<br />
“Se apagó hace mucho tiempo, pero la vida continúa bajo tierra, sus habitantes te están esperando”<br />
-Pues entonces llévame hasta allí.<br />
En segundos la nave quedó estacionada en la plataforma de desembarco. A su alrededor, una multitud de seres, semejantes en apariencia y vestimenta a los terráqueos aguardaba la presencia de Reynaldo.<br />
-Me llamo Andreas, represento a todas las almas que habitan este suelo. Te damos la bienvenida al planeta Atlanta, tu llegada fue anunciada ya hace mucho tiempo. Estamos ansiosos por conocer las últimas noticias que puedas traer de la Tierra- dijo telepáticamente quien estaba al frente de la delegación.<br />
-Muchas gracias, son ustedes muy amables por darme éste recibimiento – respondió Reynaldo.<br />
-Por aquel pasillo se accede a la residencia para las visitas. Vayamos para allí para que puedas descansar de largo viaje- invito Andreas.<br />
Era una amplia habitación con mullida cama de dos plazas en el centro. Los colores de las paredes no solo cambiaban al pensar el tono deseado sino también funcionaban como pantallas planas mostrando cualquier tipo de paisaje que pueda imaginar. Mirando las mismas, al recordar las playas de su isla natal, pronto quedó dormido. Nunca supo, que le estaban extrayendo toda la información, de ésta, y de las anteriores vidas almacenadas en su cerebro.<br />
Al despertar, lo único que le llamó la atención fue que no tenía hambre. Por lo mismo, supuso, no tuvo necesidad de ir al baño, que de por cierto, no existía en aquella habitación. Tampoco tenía puerta, es más, no las había en ninguna parte, comprobó luego al transitar libremente por los distintos pasillos. Sus habitantes, circulaban por los mismos ignorando a Reynaldo ya que no se diferenciaba de ellos. Nadie hablaba. Todo era orden, limpieza y silencio cuando se encontró de nuevo con Andreas.<br />
-Ven, vayamos al salón de los periodistas, está aquí al lado- invitó.<br />
-Queremos conversar contigo- explicó cuando se acomodaron en una de las mesas - hay algunas cosas que desconoces y queremos informarte- dijo al comenzar. Un poco más tarde, entre otras vivencias amenas la conversación se centró en los horrores de las guerras.<br />
-Radica principalmente en la ignorancia de la gente - explicó Andreas -. Nunca saben los adversarios a quién mataron. Piensan que aniquilaron al enemigo, pero lo más probable es que hayan herido o matado a un hermano de otra vida u otro pariente cercano. Es algo que se descubre cuando uno llega al fin de sus días y debe rendirle cuentas al Señor.<br />
Reynaldo comprendió inmediatamente aquella sugerencia, por eso, decidió volver inmediatamente a la Tierra, para poder difundir aquella doctrina lo más rápido posible.<br />
-Este mundo es demasiado perfecto para mi gusto, llévame de nuevo a la Tierra- le pidió a la computadora de la nave.<br />
“Duración del viaje tres millones y medio de años luz”<br />
Al llegar a destino se encontró con un paisaje diferente. Solo había arena en el exterior. Su camión, no estaba en donde lo había dejado estacionado. Alarmado, subió corriendo a la cima de la colina más cercana desde donde podría observar la ubicación de los edificios más altos de Puerto Argentino.<br />
El panorama era peor de lo que podría haber imaginado. No había nada, la extensa y próspera ciudad había desaparecido, solo se divisaban médanos de arena por todas partes. Ante tal desolación solo atinó a retornar de a la nave para tratar de averiguar lo que había sucedido.<br />
– Esto está otra vez todo sucio. – dijo al mirar el sillón.<br />
– Mis manos no pueden empujar ésta mugre, atraviesan todo ¿Qué pasa? – se preguntó mientras trataba de empujar la tierra existente sobre el asiento.<br />
“El viaje lo hacía tu alma, han pasado siete millones de años, eso es todo lo que quedó de tu cuerpo”<br />
-¿Bien, estoy de acuerdo, pero qué pasó aquí durante todo este tiempo? – preguntó luego, al asumir aquella nueva realidad.<br />
“La tercera y última guerra mundial comenzó hacia el final de los tiempos, cuando dos grandes potencias se enfrentaron para apoderarse de los insumos necesarios para seguir sosteniendo sus respectivas poblaciones. La chispa del conflicto la encendió un diferendo nunca resuelto. Sofisticadas naves de guerra que anulan la gravedad, fabricadas secretamente por ambos bandos, arrojaron miles de bombas atómicas  sobre Inglaterra y otra cantidad igual sobre Argentina destruyendo ambos países, provocando la injerencia de un mundo que estaba dividido en dos bandos opuestos, aniquilando por completo a la raza humana.  Irónicamente, sobre las Malvinas, no cayó ninguna bomba”</p>
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		<title>Invasión extraterrestre</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2012 20:15:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos y opiniones]]></category>

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		<description><![CDATA[Cada mes, los astrónomos,  están descubriendo nuevos planetas orbitando lejanas estrellas. Hasta hace poco, se creía que la Tierra era el único planeta del Universo con capacidad adecuada  para sostener la vida tal como la conocemos.  Los  que quieren seguir sosteniendo éste esquema no recuerdan que se encontraron meteoritos con vestigios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">Cada mes, los astrónomos, <span> </span>están descubriendo nuevos planetas orbitando lejanas estrellas. Hasta hace poco, se creía que la Tierra era el único planeta del Universo con capacidad adecuada <span> </span>para sostener la vida tal como la conocemos.<span> </span><span> </span>Los <span> </span>que quieren seguir sosteniendo éste esquema no recuerdan que se encontraron meteoritos con vestigios de incipiente vida, no les interesa <span> </span>que los científicos hayan encontrado microbios con vida latente adheridos a<span> </span>las partes metálicas en los satélites recuperados, que experimentos con cultivos de bacterias capturadas en la cola de un meteorito se reprodujeron en el espacio con mayor velocidad que en la Tierra. Ignoran artículos científicos que confirman que el espacio está lleno de todos los elementos necesarios para generar nueva vida y no quieren pensar que cuando estalla una estrella, ésta, desparrama en todas direcciones sus restos, afectando las órbitas de <span> </span>los planetas circundantes, provocando monumentales catástrofes ambientales, incluso, colisiones de planetas, que quizás, pudieran haber albergado alguna clase de vida. <span> </span>Enormes agujeros negros absorben diariamente miles de planetas, triturándolos, escupiendo sus restos dentro de un rayo mortal que<span> </span>puede provocar otro tipo de adaptaciones o mutaciones en las bacterias que pululan por el espacio antes de precipitarse sobre otras regiones. Galaxias enteras, más grandes que la nuestra,<span> </span>han estallado desparramado todas sus estrellas y probables planetas contaminando el espacio en todas direcciones desde hace muchos millones de años. Los que <span> </span>no aceptan éstas verdades, es menos probable que reconozcan que los extraterrestres existen o que nos estén visitando, en cambio hay otros, que sí reconocen a nuestros vecinos extraterrestres y los acusan maliciosamente de querer contaminar a la Tierra con éstas bacterias peligrosas, argumentando, que tienen la intención de eliminarnos de la faz de la Tierra.<span> </span></p>
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		<title>Las tres manzanas</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Oct 2011 13:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Cada año en la primavera, el manzano, un ejemplar que crecía cerca de la vereda y que solo había desarrollado una retorcida rama, se llenaba de flores. El viento, las lluvias y las heladas atentaban contra aquellos incipientes brotes, pero al final, siempre quedaban tres manzanas.
El carpintero del barrio, dueño del predio, regaba la planta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada año en la primavera, el manzano, un ejemplar que crecía cerca de la vereda y que solo había desarrollado una retorcida rama, se llenaba de flores. El viento, las lluvias y las heladas atentaban contra aquellos incipientes brotes, pero al final, siempre quedaban tres manzanas.<br />
El carpintero del barrio, dueño del predio, regaba la planta todas las mañanas. Para defender las manzanas del ataque de los pájaros construyó una complicada jaula de madera alrededor de ella.<br />
-Sería mejor que te compres otro ejemplar, uno de mayor productividad- le sugirió Pedro, el vecino- así alcanza el reparto de manzanas para todos.<br />
-Amo esta planta - contestó-.  Cobra los errores de la naturaleza, premia los aciertos y alimenta mi alma.<br />
Un día, el carpintero se enfermó.<br />
-¡Yo cuidaré el manzano!- le gritó para tranquilizarlo cuando lo introducían en la ambulancia.<br />
Pero su amigo nunca volvió. Murió tras sufrir una larga enfermedad.<br />
Con el tiempo, cuando Pedro retiró las maderas, las manzanas ya estaban en el piso, podridas.<br />
-Qué lástima, nadie las pudo aprovechar - se lamentó.<br />
Al año siguiente, el árbol de nuevo estaba lleno de flores y como siempre, al final quedaron solo tres manzanas en aquella solitaria rama.<br />
-Voy a probar una - dijo cuando maduraron.<br />
Recordando  la dulzura de la misma, a la  siguiente mañana, cuando fue a regar la planta, encontró que alguien más disfrutaba aquel manjar. Un zorzal, picoteaba en el piso los restos de las dos últimas manzanas.<br />
Decidió podar la rama para mejorar la vitalidad de la planta y cumplir con la promesa dada al carpintero, además, construyó sobre la planta un invernadero desmontable.<br />
En la primavera siguiente, el árbol generó nuevas ramas y éstas, se llenaron de flores.<br />
Cuando las manzanas ya estaban madures, retiró la cubierta de plástico y expuso su obra a los vecinos.<br />
Dedujo que ante tal cantidad de frutos presentados repentinamente, el acoso de los pájaros no afectaría la cosecha.<br />
- Es alimento para el alma saciar a los hambrientos- explicó a quienes sugirieron que debería colocar un espantapájaros.<br />
A la noche siguiente, tuvo que soltar al perro para espantar un grupo de intrusos que robaban despreocupadamente aquellos frutos.<br />
Solo dejaron tres manzanas.<br />
Al otro año, con la siguiente poda, el manzano entregó una cosecha récord.<br />
-Esta vez no tendré ningún tipo de depredadores- afirmó Pedro atando al perro a la planta con una gruesa y larga cadena. Lo había entrenado para defender las manzanas hasta de los pájaros.<br />
El cabo de poco tiempo, el roce de los eslabones de metal contra el tronco provocaron un daño irreversible. El manzano, se secó.  </p>
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		<title>El útero</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jul 2011 13:13:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[-	¡Qué bien, llegó en muy buenas condiciones! – exclamó el científico al descongelar el último envío.
-	La cantidad de glóbulos blancos es correcta,  la provisión de nutrientes también, los filtros funcionan adecuadamente, la temperatura es la indicada – dijo el ayudante
-	 Abra la llave de paso del flujo sanguíneo – ordenó el director del proyecto- [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-	¡Qué bien, llegó en muy buenas condiciones! – exclamó el científico al descongelar el último envío.<br />
-	La cantidad de glóbulos blancos es correcta,  la provisión de nutrientes también, los filtros funcionan adecuadamente, la temperatura es la indicada – dijo el ayudante<br />
-	 Abra la llave de paso del flujo sanguíneo – ordenó el director del proyecto- . Si en una semana aún mantiene éstas mismas condiciones le implantaremos un óvulo fertilizado – agregó.<br />
-	Ya tiene nueve meses de gestación, activen el sistema de parto – dijo el doctor.<br />
-	¡Qué hermoso ejemplar, es una hembra!- exclamó la asistente cuando la alzó en sus brazos – ahora seré tu madre sustituta – murmuró contenta cuando la llevaba a la sala de cuidados especiales.<br />
-	A falta de un alma humana, El Excelentísimo le otorgará una nuestra – dijo la representante religiosa dos meses más tarde -, Hoy será bautizado el primer terráqueo que vivirá en nuestro planeta.    </p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Ciudad extraterrestre</title>
		<link>http://valdiskramarovskis.escritoresdepinamar.com/ciudad-extraterrestre/</link>
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		<pubDate>Tue, 19 Apr 2011 01:09:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos y opiniones]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><div id="attachment_214" class="wp-caption aligncenter" style="width: 510px"><a href="http://valdiskramarovskis.escritoresdepinamar.com/wp-content/uploads/2011/04/img001.jpg"><img src="http://valdiskramarovskis.escritoresdepinamar.com/wp-content/uploads/2011/04/img001.jpg" alt="Crater Miranda" title="img001" width="500" height="364" class="size-full wp-image-214" /></a><p class="wp-caption-text">Crater Miranda</p></div></p>
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		<title>Actividad extraterrestre en San Miguel</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Feb 2011 16:16:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ésta es la última vez que tuve un contacto con ellos. En mi novela La Nave de los Grises encontrará la misma versión, pero con un final diferente que no condice con la realidad. 
                     [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ésta es la última vez que tuve un contacto con ellos. En mi novela La Nave de los Grises encontrará la misma versión, pero con un final diferente que no condice con la realidad. </p>
<p>                           San  Miguel Pcia. de Bs. As.<br />
                                    Verano de 1955 </p>
<p>   —Deben ser más de las dos de la mañana—pensó Santiago dando otra vuelta en la cama cuidando de no enredarse con las sábanas.<br />
   Hacía calor en el dormitorio, su ropa interior se pegaba contra el cuerpo y para colmo en las cercanías revoloteaba un mosquito.  Cansado de mantener los ojos cerrados miró a su alrededor. Las sombras ondulantes de los árboles proyectadas sobre la pared siempre resultaban atractivas para entretenerse por un tiempo. Un ruido metálico proveniente de la puerta de la cocina lo despertó. Una señal de alerta cundió de inmediato en la mente, algún recuerdo reciente lo llenó de temores inexplicables. En ese momento, a Santiago solo le preocupaba una cosa.<br />
—	¡Ése fue  el ruido que producen las llaves al caer al piso!<br />
 El tintineo metálico indicó que rebotó varias veces sobre las baldosas.<br />
   —Alguien la empujó desde el exterior al meter otra llave.<br />
—	¿Por qué tanto miedo? ¡Por qué!—pensó Santiago con el pulso acelerado.<br />
—	¿Cuál es la razón  para afirmar que vienen de nuevo? ¿Quiénes son? ¿Son los mismos?—se preguntó al escuchar otros ruidos  inexplicables como a roces de ropa  y pasos sospechosos.<br />
   —Seguro que son ellos—murmuró en voz baja—. Tengo que hacer algo ahora—pensó.<br />
—	¡Papá, hay alguien en la casa!—gritó con desesperación.<br />
—	La puerta del dormitorio está abierta, tiene que oírme.<br />
—	¡Papá!—gritó con todas las fuerzas.<br />
   Se escucharon crujidos del elástico de la cama de los padres, como si alguien caminara sobre ella y luego silencio.<br />
   Cuerpo y mente estaban en alerta, el temor a lo desconocido crecía  detrás de aquella abertura, allí miraba fijamente, por eso descubrió aquella sombra que se había deslizado por el piso, rumbo al rincón más oscuro de la habitación.<br />
   —¡Ése es uno de ellos!—recordó al mirar ese lugar, mientras el temor comenzó a  paralizarlo—.¡Y ahora vienen por mí !<br />
Un automóvil que pasó por la calle, iluminó por breve tiempo la extraña cara del intruso.<br />
—	¡Tengo que escapar!—razonó Santiago tratando de dominar el pánico originado por aquella imagen.<br />
   Aterrorizado, preparó la huida para el lado contrario. Aflojó el borde de las sábanas, tensó los músculos y acomodó el cuerpo para levantarse con rapidez. Pronto debió cambiar de actitud cuando vio otro ser de pequeña talla vestido con un traje enterizo liso y de color plateado, entrar a la carrera con un bastón redondo apuntando a modo de arma.<br />
   Santiago, saltó de la cama con precisión hacia la puerta, tratando de esquivar al intruso por un costado,<br />
   —Salió mal—pensó Santiago sorprendido por la violencia del impacto.<br />
   En esa maniobra, el ser plateado lo derribó tomando al niño  por las piernas. Al mismo tiempo chocó con el primero a la altura de su cintura en un asombroso salto que realizó desde el otro lado de la habitación. Cayeron todos al suelo, Santiago quedó arriba de ellos.  Cuando los intrusos trataron de levantarlo, Santiago desobedeció la orden. Dobló las rodillas fingiendo una parálisis de los miembros inferiores.<br />
   —Ponte de pié—ordenó uno de ellos hablando con voz masculina y en perfecto español, mientras le apuntaba con un arma.<br />
   —No puedo—contestó Santiago con voz apenas audible por el miedo.<br />
—	¡Levántate de inmediato—dijo el pequeño ser plateado amenazándole con disparar el arma en su cabeza.<br />
   —No puedo, tengo las piernas dormidas—respondió Santiago con fuerza.<br />
   El que tenía la ropa oscura se colocó al frente. Su cara estaba cruzada con dos trazos gruesos de pintura roja en diagonal, como suelen usar los comandos.<br />
   —Quédate tranquilo, no queremos hacerte daño, todo se va a arreglar—dijo el comando mirando a Santiago a los ojos y sin mover los labios.<br />
   El otro ser plateado, obedeciendo un gesto del comando, tocó a Santiago con la punta de la varilla que llevaba en una de sus manos, inyectándole algún tipo de tranquilizante.<br />
   Con la ayuda de otro invasor plateado, que estaba observando desde la puerta del dormitorio, fue llevado al exterior de la casa.<br />
   Para entonces Santiago ya no movía ni los brazos, quizás por estar sujetados firmemente por los captores. La cabeza, por momentos colgaba sobre el hombro de quién lo transportaba.<br />
   Todos, ahora, llevaban grandes camperas de color verde oliva con capucha y que se habían colocado en el pasillo antes de salir. Abajo de esa indumentaria se adivinaba la ropa plateada muy ajustada al cuerpo, visible solo a partir de la rodilla.<br />
   Estaba entregado, no había forma de resistencia. Con angustia, al pasar delante del cuarto del dormitorio principal pudo contemplar por un segundo a sus padres. Estaban acostados en extrañas poses sobre la cama matrimonial.<br />
   —Sólo están dormidos, no les va a suceder nada—dijo el que parecía ser el jefe de este grupo, el que tenía la cara pintada.<br />
   —No movieron los labios—pensó Santiago— ¿Será telepatía? ¿Adivinó mis pensamientos?<br />
   De alguna manera creyó en aquellas palabras. Quedó absolutamente convencido de que fue una comunicación telepática.<br />
   Ya fuera de la casa, sintió que la droga comenzaba a hacerle efecto. En ese estado de inconsciencia uno de los guardianes depositó el cuerpo inerme de Santiago sobre la espalda de otro invasor que esperaba la carga en cuatro patas de la misma forma como lo hubiera podido hacer una gigantesca hormiga. En ese cambio le pareció que todo daba vueltas, perdió la perspectiva de lo que es  vertical de lo horizontal. Lo transportaron con la cara mirando las estrellas, sobre la espalda del alienígena.<br />
   —Que agradable es el contacto de la piel con la tela plateada—pensó Santiago gozando de los suaves vaivenes que imprimía el cadencioso andar del extraño ser.<br />
   Durante el traslado no pudo comprender aquella situación. Fue un viaje sin angustias, con el cuerpo insensible. Por momentos, pensó que había despegado del suelo y que un rayo de luz lo había elevado hacia el oscuro cielo.<br />
   Recobró un poco la conciencia algunos minutos después, cuando todos estaban agazapados en la cuneta que corre paralela a la avenida. Esperaban que pasara un automóvil cuyas luces se anunciaban desde lejos.<br />
   Un minuto más tarde ya había pasado.<br />
—	¿Qué están esperando ahora?—pensó Santiago viendo que aún seguían allí.<br />
   Cinco minutos después, un rítmico chillido indicaba que algo se acercaba en la oscuridad.<br />
   Un poco más tarde un ciclista sin luces pasó raudamente.<br />
   —Evidentemente había otro equipo de vigilancia más lejos, pues su llegada no podía ser advertida con tanta anticipación—pensó Santiago.<br />
   Cruzaron tranquilamente. Primero el del traje plateado con el arma en las manos, luego Santiago aún sobre la espalda del extraterrestre.<br />
—	¿Cómo puede ser que nadie se dé cuenta?— Pensó mientras esperaba alguna salvación milagrosa.<br />
—	¿Dónde quedó el tercer compinche?—alarmado recordó al de la cara pintada—. ¿Se habrá quedado en la casa?<br />
   Cuando bajaban por una pendiente,  su cuerpo se desplazó ligeramente hacia adelante, provocando que la cabeza roce la de su captor. En ese incesante movimiento y  sin poder evitarlo, la mejilla rozó un cable áspero, revestido con malla de acero similar el conector del tubo del teléfono.<br />
—	¿Para qué será este cable?—se preguntó intrigado.<br />
   Siguiendo el recorrido con la vista descubrió que en el otro extremo conectaba con un arma que llevaba prendida en el pecho.<br />
—	¿Qué es lo que brilla en la parte posterior del arma?—se preguntó nuevamente al ver una pequeña pantalla de televisión redonda, incrustada a un centímetro del borde en lo que sería la parte trasera del sistema de puntería. Esta se dividía por la diagonal en dos semicírculos de distinto color, uno rojo y el otro azul.<br />
   Más tarde, siempre mirando ese círculo observó que de repente, esas luces de colores se disgregaban en una blanca lluvia de nieve.<br />
   —Ahora se forman letras. Debe ser un sistema de comunicación de emergencia—pensó fascinado.<br />
   En la parte superior se formaron tres letras mayúsculas. Lentamente descendieron a medida que se formaron nuevas, mientras tanto, las de abajo desaparecían.<br />
    Cuando comenzaron a llover las letras, la pantalla mantuvo siempre la división en dos mitades, una roja la otra azul.<br />
   —La división en colores debe ser para controlar la potencia del arma—pensó.<br />
   Pero las sorpresas no terminaron allí, el extraterrestre contestó el mensaje presionando botones que estaban en las cachas del arma.<br />
   En determinado momento sospechó que en la careta que llevaba sobre los ojos habría algo más, por eso en un esfuerzo para ver lo que había tras el vidrio ligeramente opaco descubrió, aquellos ojos ovalados, altos, más anchos abajo, más finos arriba. Eran fascinantes, hermosos; por esa única vez y por pocos segundos, él, le devolvió la mirada.<br />
   Dentro del vidrio y del lado derecho, se podían ver titilar dos símbolos cuadrados similares al cursor de una computadora. Uno amarillo y el otro rojo.<br />
   Durante el trayecto, un movimiento provocó la caída de la capucha. Allí pudo ver que el visor estaba firmemente sujeto a un casco que le cubría toda la cabeza.<br />
   Se detuvieron cerca de la casa del vecino, al lado de una parra. En el fondo de ese baldío sólo se divisaban las siluetas de algunos árboles, la Luna detrás de ellos se disponía a desaparecer.<br />
   Un perro ladraba en las cercanías.<br />
   El compinche de traje plateado había llegado antes. Tomaron a Santiago entre los dos sosteniéndolo por ambos brazos en posición vertical.<br />
—	¿A quién estaremos esperando?—pensó Santiago intrigado.<br />
   Los ladridos de la perra lo alegraron, era Pirucha. Ésta se había acercado al lugar valientemente<br />
   —Es la única que sabe lo que está pasando—pensó con amargura.<br />
   A cada ladrido avanzaba un paso, algo la enardecía, nunca la había visto tan furiosa. Cada vez gruñía más y más.<br />
—	¡Seguí así! ¡Vamos, ladra más! ¡Así preciosa! ¡Dale más!—la alentó mentalmente, renaciendo en él con cada ladrido la esperanza de que alguien lo rescate.<br />
   Al ladrido se sumó el sonar de una armónica interpretando la marcha de San Lorenzo a poca distancia de ellos. Era Mario, el débil mental.<br />
   Uno de los custodios comenzó a teclear nuevamente sobre el costado del arma. Santiago, desde su posición podía ver perfectamente como corrían las letras por el vidrio del visor y del arma formando las mismas palabras.<br />
   El nerviosismo de ellos atravesaba el cuerpo de Santiago y de alguna manera lo contagiaban.<br />
   La armónica del loco ahora  sonaba estridentemente.<br />
   —Quizás alguien más se despierte—pensaba Santiago sin perder las esperanzas.<br />
   Cerca de allí, tras las sombras oscuras de los árboles asomaba el gigantesco disco negro, anunciaba el lento avance con un rítmico retumbar. Por encima de otros acelerados ruidos de motores hidráulicos, se destacaba una acompasada explosión producida por la descarga eléctrica de un poderoso condensador que  a semejanza del estampido de un rayo, iluminaba alternadamente cuatro enormes pantallas luminosas rectangulares, dispuestas en la curvatura del ala del fuselaje inferior.<br />
—	¿Cómo puede ser que nadie pueda ver algo tan grande?—Calculó que tendría doce metros de diámetro.<br />
—	¿Será porque está pintada de negro?<br />
   Miró para todos los lados, pero no vio a nadie. Sólo  interrumpía la calma el ladrido de Pirucha y la melodía del loco Mario.<br />
   El golpe seco coincidía con los relampagueos de los dos mil cristales que cubrían a los proyectores luminosos, distribuidos simétricamente uno en cada punto cardinal. Se prendían y apagaban ordenadamente, sin pausa, en el sentido de las agujas del reloj. Su intensidad era mínima apenas visible para un ojo avizor.   Cada una de las pantallas luminosas estaba dispuesta con su cara más larga, paralela al borde  externo de la nave. Dividida con líneas finas de diez centímetros por lado, la de la derecha era rosada, la del fondo, blanca, la de la izquierda azul Prusia, y por fin, la del frente, nuevamente era blanca.<br />
   La noche era clara, una luna amarillenta sobre el horizonte, detrás de las ramas de los árboles iluminaba escasamente la escena,  Santiago, sujetado por ambos brazos, maravillado miraba la escena. La  silueta curvada de la nave ya había asomado completamente; los destellos coloridos se reflejaban en el fuselaje, dejando visible la gran compuerta rectangular de acceso en un costado. Tras ella, las luces del firmamento indicaban el camino que emprenderían en instantes. Curiosamente, no sentía temor, claramente intuía su destino, esperaba sin embargo alguna salvación de último momento ante la alarma anunciada  por el aumento del volumen del sonido de la armónica del loco José, a una veintena de metros de donde estaban actualmente, quien por el momento era el único que podría estar viendo este secuestro.<br />
   Una luz amarilla se prendió por unos pocos segundos en la gran nave, marcando en el frente tres ventanas cuadradas. En su interior se divisaban tres figuras humanas de la cintura para arriba, una delante de cada  ventana. Todo el interior estaba impregnado con el mismo color ámbar de los vidrios.<br />
—	¡Qué chicos se ven esos seres! ¡Son pelados!—murmuró asombrado al verlos sólo de la cintura para arriba.<br />
   —Su ropa es de color dorado, la piel de la cara también. Sin embargo la vi de color plateado. Entonces, el vidrio de esa ventana debe ser de color ámbar—analizó.<br />
   —Seguramente que el guiño que hizo con la luz  fue una contraseña—pensó Santiago al verla bajar como un ascensor, con suavidad. Sus ruidos internos también disminuían, claramente se advertía como bajaban de revoluciones los motores y se apagaba el golpeteo del condensador.<br />
   Los ladridos de la perra aumentaban.<br />
   El loco había comenzado a tocar la marcha mucho más fuerte, por eso, desentonaba algunas estrofas.<br />
   La nave tocó tierra y coincidentemente se apagaron todas las luces, excepto una interior debajo del sector de las tres ventanas de la cabina de comando. Allí una luminosidad difusa iluminaba la bodega de carga de esta oscura nave. Tenía una abertura de acceso igual a la necesaria para la cochera de un auto, estaba  abierta  en su totalidad y Su piso tenía una pronunciada pendiente formando una rampa. Por esa pendiente descendía un tercer comando. Llevaba en las manos cuatro planchas cuadradas de color gris  plateado cuando llegó al lado de Santiago.<br />
   Dejó esas planchas duras en el piso, excepto una, la curvó con sus manos aplicándola sobre una de las piernas de uno de los extraterrestres enrollándola alrededor como bufanda.<br />
   —Le está poniendo un yeso—pensó Santiago.<br />
   La unión, el lugar en donde se superponían ambos bordes, cuyo espesor sería de un centímetro, desapareció como por arte de magia cuando le pasó la mano, alisándolo. En un minuto tenía puestas sobre las piernas una especie de coraza. Luego, sucedió la más extraña de las transformaciones ¡Se puso en cuatro patas!<br />
— ¡Tiene una rodilla para caminar verticalmente y otra para caminar como cuadrúpedo! ¡Ahora parece una araña!—pensó Santiago sorprendido, al ver que a la altura de su rodilla se producía un alargamiento de la pierna. Daba la impresión de que en ese punto se desplegaba un hueso de diez centímetros de largo que tenía replegado cuando asumía la posición vertical.<br />
   Pies y manos apuntaban hacia adelante, sus piernas traseras estaban flexionadas en un ángulo imposible, como las arañas, lo mismo que las de adelante, la panza al ras del suelo, la cabeza erguida.    Caminaba lentamente, una  pata por vez, cruzada, en diagonal, en dirección a la perra que aún ladraba furiosamente.<br />
   El loco seguía con su marcha a todo volumen.<br />
   Pirucha comenzó a retroceder en línea recta hacia la casa de Mario.   Ante cada paso que avanzaba el extraterrestre, la perra  retrocedía otro.<br />
   Mario dejó de tocar ¿Estaría mirando?<br />
   A mitad de camino, en medio de la calle, el extraterrestre se levantó desenfundando un arma, al mejor estilo del Lejano Oeste.<br />
   Solo se escuchó clic.<br />
   La  perra dejó de ladrar. Cayó fulminada al piso en una voltereta hacia atrás. Debido a la caída, levantó una pequeña nube de tierra.<br />
   El silencio era mortal.<br />
   Santiago sentía su corazón partirse, ya nadie saldría a rescatarlo, la partida a los cosmos era  inminente e irremediable.<br />
   Pirucha fue llevada a la nave por el cazador de otros mundos.<br />
   Una sensación de triunfo emanaba del guardián que sostenía a Santiago.<br />
   Los  motores de la colosal nave comenzaban a zumbar nuevamente. El ruido se mezclaba con el sonido furioso de la armónica del loco Mario. Atronaba como nunca antes la había escuchado. Aquel sonido incoherente desgarraba el aire con rabia, como diciendo:    ¡Vengan aquí! ¡Qué esperan! ¡Vengan por mí! ¡Veeeengaaaan!&#8230;         </p>
<p>                                                     EL VIAJE EN OVNI   </p>
<p>   Las estrellas aguardaban a los conquistadores, el cielo despejado prometía un ascenso sin inconvenientes. En la nave, Santiago, fue llevado rápidamente por las escaleras existentes al fondo de la rampa de acceso a un nivel superior.<br />
   Llegaron ante la presencia del capitán, estaba de pie con las manos en las espaldas, su cara era como la de un humano, pero con pequeña nariz; la piel, de color gris, hacía resaltar un par de grandes ojos alargados verticalmente, que entrecerró. Santiago, dos escalones más abajo, siempre sujetado por los guardianes, miraba para arriba admirando aquella estampa autoritaria.<br />
   Llevaba puesta una remera de mangas largas con cuello tipo Mao de color azul metalizado con reflejos dorados. Sobre los hombros, un par de charreteras, también doradas, indicaban el alto rango. A la altura de la cintura y sin visualizarse el punto de unión, comenzaba el pantalón, de color plateado, liso, sin bolsillos visibles. La contextura del cuerpo era similar a la nuestra. No se notaba el bulto de los genitales masculinos, más bien parecía carecer de ellos.<br />
   —Le está diciendo algo al guardián—pensó Santiago al ver moverse ligeramente los labios del capitán.<br />
   Detrás del capitán dos extraterrestres estaban en sus puestos de comando ocupados en la consola. Tenían las manos en continuo movimiento sobre una mesada metálica. Mandaban y recibían información en un televisor que tenían delante. Llamaba la atención la sencillez del recinto, sólo había instrumentos de control en tres lugares definidos, debajo de cada ventana.<br />
   Un minuto después lo llevaron de vuelta a la habitación inferior a la que había ingresado en primera instancia. Era la bodega de carga.   Allí lo acostaron sobre un asiento pegado a la pared.<br />
    Le enrollaron una de esas planchas grises  alrededor de la cintura.<br />
—	¿Será para que no tenga frío?—Pensó Santiago, intrigado.<br />
   Cuando se fueron, comprobó que había quedado pegado al asiento junto con el yeso gris en una habitación rectangular, vacía, de esquinas cuadradas, forradas las paredes lisas con alfombras de color beige, que brillaban con extraña fosforescencia como si fueran de oro.<br />
   —El portón de acceso es corredizo—dedujo al ver las canaletas tanto en el techo como en el piso—. Allí se le había enganchado un pie, cuando lo entraron. Los guardianes tuvieron que destrabarlos rápidamente pues ya se estaba cerrando.<br />
   La nave ascendió lentamente, a lo lejos, la  ciudad se destacaba por la multitud de puntos luminoso que brillaban en el horizonte.<br />
—	¡Que hermosas son!—pensó Santiago al ver una larga fila de luces amarillas que enmarcaban la avenida principal que conduce al centro de San Miguel.<br />
   Durante el ascenso, la nave giró sobre su eje para luego comenzar el desplazamiento horizontal  en un vuelo a baja altura por sobre la copa de los árboles hacia el oeste.<br />
   Cruzando las vías del tren, a la distancia, la gran luz amarillenta anunciaba la aproximación de una locomotora que venía de José C. Paz.<br />
   Mirando por la compuerta de carga que aún estaba parcialmente abierta, trató de retener en la retina las últimas imágenes. Pronto, el punto de unión pronto se transformó en una rendija, luego, apenas en un hilo de luz, hasta que por fin un golpe metálico anunció el cierre definitivo.<br />
   El  reino de las tinieblas se presentó con toda crudeza. Una tenue luz que se coló por una claraboya le permitió divisar a Pirucha, estaba sin atar. No pudo ver rastro de sangre, ni tampoco pudo apreciar si estaba viva cuando la introdujeron en la nave. Ella también estaba sola en manos del destino, viajando en una máquina  voladora  de quién sabe de qué otro mundo.<br />
   La aceleración comenzó a aumentar  rápidamente. La fuerza de inercia lo incrustó en el asiento. Esta situación duró bastante tiempo, quizás más de media hora. Durante esa aplastante presión, la perra se deslizó debajo de sus piernas. Santiago trató de retenerla presionándola contra el zócalo del asiento, pero las piernas no le obedecían adecuadamente debido a los fuertes vaivenes, ella se escurrió suavemente por el piso.<br />
   —Esto es un sueño, no es real—pensó Santiago con desesperación.<br />
   Sin embargo los sentidos le decían otra cosa  y lo mantenían en alerta a cualquier cambio. La aceleración comenzaba a disminuir.<br />
— ¿Me parece que estoy flotando o es mi imaginación?—Se  sorprendió al comprobar cómo se elevaban las piernas— ¡Estoy flotando!—dijo maravillado, dejando flojos los brazos para que acompañaran el mismo movimiento.<br />
   Dentro del recinto persistía la penumbra y la incertidumbre sobre su futuro, pero aún así, gozaba de esta nueva sensación.<br />
   No sentía el peso del cuerpo, la cabeza la podía mover sin dificultad y por eso, renovó las esperanzas de que fuera algo pasajero. En un rincón, en la claraboya, le pareció vislumbrar un cielo negro desbordante de estrellas.<br />
   —Estoy soñando—pensó—. Estoy seguro de que estoy soñando. Nada me puede pasar—gritó para liberar la mente de preocupaciones y disfrutar del presente.<br />
   Gozó cada uno de los movimientos ascendentes, mucho más los descendentes. Cada giro imprevisto dejaba latente la posibilidad de otro en el sentido opuesto. A la media hora de navegar por un mar ondulado, la nave entró en un espacio aéreo intensamente iluminado. Tal era el poder de esa luz que ingresaba por la claraboya, que luego de rebotar contra el azul verdoso del mar, proyectaba la sombra de las escasas nubes para arriba. Las sombras Ingresaban al recinto como si fuera humo. La combinación de esa luz azulada con el color beige de las paredes daba al entorno un color indiscutiblemente verdoso. Esta situación se mantuvo bastante tiempo. Como ahora ya podía ver otros sectores de la habitación ocupó el tiempo mirando cuidadosamente cada rincón. Notó un largo pasamanos en la pared del fondo, siguiendo su recorrido pudo ver a donde conducía, reparó entonces en un hueco que comunicaba por medio de una escalera recta a otras dependencias. En esos peldaños, se encontraban sentados como en las gradas de un circo, una docena de niños que  lo observaban en silencio.<br />
—	¿Quiénes serán?—pensó Santiago.<br />
   En el centro de ese grupo se destacaba la figura de una extraterrestre, adulta, su vestimenta era similar a la de los niños, los cuales aparentaban no tener mas de ocho años de edad, todos llevaban ajustados pantalones de color gris, de tela común y una remera de mangas largas de color negro en algunos, gris en otros.<br />
   En ese abigarrado conjunto de pequeños seres solo había tres niñas. Se distinguían de los varones por tener la cabeza un poco más chica, con rasgos muy delicados, al igual que en los humanos.  Denotaban gran interés por mirarlo; este efecto era aumentado por el gran tamaño de los ojos; en cuanto a los movimientos de sus cabezas, se adivinaba que cuchicheaban entre ellos. Era recíproca la curiosidad. Seguramente la presencia de un terrestre del mismo tamaño no era frecuente. Todos tenían la piel de color gris claro, como la del elefante quizás, o tal vez más clara, como la de las lauchas. Sus manos eran de color negro, en ellos, los seis largos dedos parecían peinetas por ser todos del mismo largo. Eran muy finitos y llevaban una falange más que nosotros. No se observaban uñas en los extremos, quizás la última falange era un resto de una garra producto de la propia evolución. En sus toqueteos y juegos, Santiago pudo  ver que cuando tomaban un brazo al compañero. Utilizaban a modo de pulgar tanto uno como dos dedos. Entre las niñas había una que tenia la remera de dos colores, la mitad de abajo negra y la superior gris.<br />
   Era muy llamativa, por eso, Santiago la miró detenidamente.<br />
   Sorpresivamente la niña le arrojó un cubo de cristal, rozado, cuadrado, de diez centímetros por lado.<br />
   Tenía una esquina quebrada y correspondía a uno de los vidrios que conformaban las gigantescas pantallas luminosas del fuselaje de la nave.<br />
— ¿Por qué me lo tiró? ¡Tiene aspecto de mala! ¿Cuál es mi culpa? ¿Se habrá molestado por mirarla?<br />
   Lo había arrojado el objeto sin mucha fuerza, por lo que luego de impactar en el respaldo del asiento quedó flotando en el aire, rotando sobre sí mismo, delante de la cara de Santiago.<br />
   El llamado de atención por parte de una extraterrestre adulta que estaba a cargo del grupo no se hizo esperar.<br />
   — ¿Por qué hiciste eso, Yabel?  ¡No lo vuelvas a hacer nunca más!.<br />
   Algunos segundos después.<br />
—	¡Yabel! Anda a buscarlo—dijo de manera imperativa.<br />
    El cristal aun seguía allí girando lentamente a treinta centímetros  de la cara de Santiago.<br />
   El pánico se reflejaba en la cara de la niña mientras bajaba las escaleras, lentamente, entre sus compañeros, con desgano, como si fuera poca cosa el castigo impuesto por la asistente.<br />
   Al llegar al último peldaño, la niña, adoptó la posición de un cuadrúpedo, en veloz carrera llegó a los pies de Santiago. Se sujetaba al piso hundiendo la última falange de sus finos dedos. Allí desde abajo, observó fijo a los ojos del joven por un largo tiempo. Adoptó la misma posición que tendría un lobito de mar esperando la comida, de hecho ese era su tamaño. Santiago, sentado, la miraba hacia abajo pues estaba a sus pies. Miraba la boca de ella, apenas una línea horizontal conformada por un par de finos labios de color negro, su agudo mentón hacia juego con la mandíbula, la nariz sólo se adivinaba por su relieve casi inexistente, su boca era la parte más prominente de la cara. Sus pupilas de color negro estaban muy dilatadas evidenciando el temor.<br />
   Desde ese lugar estaba calculando el movimiento final. En un segundo, sorpresivamente desplegó el cuerpo, estiró una de las manos y tomó el trozo de vidrio<br />
Retornó a su posición en la escalera con una velocidad aún mayor. Tal proceder fue festejado por todos ellos con carcajadas.<br />
   Cuando la calma llegó de nuevo al lugar, la extraterrestre adulta,  le dijo a Santiago en perfecto idioma español :<br />
   —No queremos hacerte daño, solo queremos conversar, nos gustaría saber como está conformada tu familia ¿Cuántos la integran?<br />
   — Somos tres, mi mamá, mi papá y yo—respondió Santiago.<br />
   —A mi me parece que en esa casa había alguien más, ¿Quién era esa persona?—preguntó la institutriz.<br />
   —Mi hermana, pero ahora no está, se fue a estudiar la carrera de enfermería en un hospital.<br />
—	¿Cuándo regresa?<br />
— No sé.<br />
Tras aquel breve interrogatorio la asistente se retiró del lugar y entonces todos los niños cambiaron su comportamiento. Eran iguales a los nuestros, se empujaban, reían , hacían gestos en dirección del prisionero, hasta que en medio de ese desorden uno de ellos, un jovencito robusto, le sugirió en tono burlón, que mirara al perro.<br />
   —¡Mira al perro!—dijo claramente uno de los niños con voz masculina<br />
   Santiago no pudo distinguir cuál de ellos realizó el pedido. Todos lo miraban. Nadie se movía.<br />
   Miró el piso en todas direcciones buscando a Pirucha y no pudo hallarla.<br />
   —Mira al perro en la ventana—repitió la misma voz.<br />
   La descubrió flotando delante de la ventana redonda, enrollada, como si estuviera durmiendo. La cola y las patas colgaban un poco hacia abajo, oscilaba tapando de a ratos la luminosidad proveniente del reflejo de la luz solar de las aguas del océano. A esta altura de los acontecimientos ya nada lo sorprendía, sólo la miró, nada más, cualquier cosa que pudiera adivinar sobre ella le cabría a él. Era mejor no pensar en el futuro.<br />
   En ese momento volvió la extraterrestre para llevarse presurosa a todos los niños de aquel sector. </p>
<p>   Mientras escribía ésta historia, con cada renglón, recordaba parte de la misma. En ésta parte, quedé atrancado aquí por muchos días, sabía que a continuación se producirían sucesos que mi cerebro no me dejaría recordar por la crudeza de los mismos.<br />
Siempre llegaba a un punto en que las imágenes desaparecían tras una cortina negra.<br />
En un primer momento armé una lista con las distintas formas en que podría continuar el relato, a falta de una idea propia y debido a la imposibilidad de recordar lo que realmente sucedió. Leí historias parecidas de un libro sobre casos de abducción ocurridos en distintas partes del mundo. Ninguna de ellas me convenció, sabía que así no era. De todas formas aprendí algo muy importante, descubrí con total seguridad lo que no había sucedido y eso ya era algo.<br />
   Repasando los primeros capítulos recordé algunos sucesos que me dieron algunas pistas para la parte final, pero invariablemente quedaba vacío lo que sucedía en el medio, justo a partir de aquí.<br />
   Una noche, cuando me estaba quedando dormido en el sillón delante del televisor, entre sueños escuchaba una película en la que estaban raptando a alguien en contra de su voluntad encontré la solución.<br />
   Me desperté inmediatamente.<br />
   Recordé apenas algunos detalles, pero los suficientes para comprender cómo debía proceder en adelante.<br />
   Apagué la luz e Imaginé que avanzaba por pasillos oscuros dentro de la nave alienígena detrás de un pelotón de fusilamiento. Yo,  era el encargado de filmar la escena, en consecuencia no sería partícipe.<br />
   El método dio resultado, aparecieron todos los detalles.<br />
   Quedé escribiendo toda la noche. </p>
<p>                                                           LA  NAVE </p>
<p>   Santiago quedó nuevamente solo, observando los detalles de la nave.<br />
   Miró el portón de acceso, por el que lo habían ingresado, también estaba forrado con la misma alfombra, tenía una pendiente muy pronunciada hacia afuera, quizás de cuarenta y cinco grados, además tenía una curvatura similar a la del fuselaje. En un rincón superior estaba Pirucha.<br />
   Un movimiento inusual de grises ingresando al recinto por la escalera lo sorprendió, cargaban a un ser humano adulto entre dos. Algún cambio importante estaba por suceder. Lo fijaron al asiento al lado de Santiago, manipulando un cinturón electrónico de color gris, llamativamente más angosto.<br />
   Todo sucedió en un minuto, se retiraron con la misma rapidez con que llegaron.<br />
   —Es Gregorio—dijo Santiago al reconocer el hombre robusto que solo llevaba puesto un pantaloncito de vivos colores y una camiseta musculosa blanca.<br />
   Le tiró del brazo para captar su atención<br />
—	¿Porqué no me mira?—se preguntó Santiago.<br />
   Gregorio seguía fascinado mirando por la ventana los colores del mar. Su respiración era lenta, ruidosa y muy profunda, eso inquietaba a Santiago. Por un segundo pensó que se había dado cuenta de los empellones, más no fue así, no bien le soltaba la mano, ésta comenzaba a flotar conjuntamente con las piernas.<br />
   De pronto terminó la calma, comenzó a sonar una estruendosa alarma similar a la de los barcos. Era un largo aullido que provenía desde arriba. Acompañando ese ruido, la nave empezó a girar lentamente al principio, luego, comenzó a acelerarse intensamente. Este centrifugado aplastó los brazos y piernas de ambos contra la pared.  La cabeza quedó hacia atrás, la luz que entraba por la ventanilla indicaba el sentido de giro. Allí se alternaban los verdes del mar con las blancas nubes y el cielo oscuro, pasando de una a otra por tramos de penumbras. La nave no se desplazaba horizontalmente, solo giraba en el lugar.<br />
   —Uno, dos, tres, &#8230;.,— contaba Santiago cuántos segundos tardaba en aparecer esa nube otra vez en el ojo de buey. A la cuenta de ocho indefectiblemente aparecía otra vez.<br />
— ¿Pero dónde había quedado Pirucha ?—se preguntó alarmado. Pronto la descubrió, había quedado a pesar del centrifugado en el mismo rincón, allí seguía enroscada, durmiendo, cerca del ojo de buey.<br />
   A poco de haber estabilizado la velocidad de giro, entraron dos grises.<br />
—	¡Vienen hacia aquí!—pensó Santiago asustado— ¿A dónde van a llevarme?<br />
   Lo tomaron firmemente de cada lado por los brazos, luego de desenganchar del asiento esa coraza gris. A la carrera lo llevaron por las escaleras. El de la derecha se sujetó a un pasamano para contrarrestar la fuerza centrífuga. Arriba, en el descanso, comenzaron a caminar por la pared debido a que la fuerza de gravedad los empujaba hacia ese lado. Luego de pasar por una compuerta llegaron a un largo pasillo que en ese sector se ensanchaba al doble, allí estaban reunidos un grupo de seis grises. Este lugar débilmente iluminado parecía ser un salón de bar, en el aire aún flotaba una angosta columna de humo de alguien que un segundo antes estaba fumando y que no quiso mostrarlo cuando pasaron por allí. Distraídos, leyendo en la pared letras luminosas que cambiaban continuamente, ignoraron la presencia del muchacho.<br />
    Llamó la atención de Santiago la pantalla luminosa de un metro de ancho por otro de alto. No era de televisión y no tenía detrás un proyector de cine.<br />
    Las letras se originaban mediante la proyección de pequeños chorros de luz, enviados por los extremos de cables de fibra óptica enhebrados ordenadamente dentro de la pantalla. Formaban con las letras palabras y oraciones semejantes a la escritura Hebrea que descendían por el panel lentamente, desapareciendo abajo. Comenzando con otras nuevas por arriba.<br />
   Las oraciones eran de color blanco o amarillo según fuera pregunta o respuesta. Correspondían a los partes notificados por la comandancia o a los grupos de tarea en tierra.<br />
   Santiago fue llevado a otro pasillo igual, completamente iluminado por la luz que provenía de la pared. La alfombra que tapizaba éste túnel brillaba como si fuera de oro, tal era su luminosidad. Santiago, tentado por aquel brillo, estiró la mano rozándola con sus dedos provocando en esos lugares  chispas de luz blanca.<br />
   El pasillo daba toda la vuelta a la nave<br />
   En el camino no se veía ninguna puerta, hacía calor  y el aire estaba enrarecido, incluso con malos olores en un sector.<br />
   Este trayecto provocaba en Santiago la sensación de que siempre avanzaban hacia abajo. Se sentía un ratón enjaulado en una rueda gigante.<br />
   Los dos extraterrestres lo llevaban literalmente en el aire hasta que por fin se detuvieron delante de un símbolo circular  fijado a la pared, con una tecla por debajo, la que presionó uno de ellos. Inmediatamente se movieron las dos agujas de un barómetro que indicaban la presión atmosférica. Luego se apagó el brillo de la alfombra quedando de color marrón, posteriormente comenzó a derretirse una línea que enmarcaba esa zona sin luz con la forma de una puerta, dejando una separación de medio centímetro en todo su perímetro<br />
   Para Santiago, a su edad, fue como un acto de magia. Pero lo sorprendente no termino allí, después de dibujada la puerta, comenzó a hundirse hacia adentro, como en un pasadizo secreto de cuento de hadas. Esta puerta tenía un ancho igual a la altura del pasillo y cuando terminó de hundirse cinco centímetros, con un resoplido de aire, comenzó a deslizarse hacia la derecha introduciéndose en el panel de la pared.<br />
   En el pasillo siguiente era diferente, de las mismas dimensiones, pero de un material blanco con pliegues profundos como si fuera el fuelle de un acordeón gigante.<br />
    Estaban anteriormente en un contenedor circular montado sobre el ala del plato volador y ahora Ingresaron a la nave principal a través de la puerta de acceso. Aquí había una habitación circular como de ocho metros de diámetro por cuatro en su parte más alta, con techo abovedado, como una alta cúpula y con una docena de claraboyas redondas distribuidas simétricamente por toda la superficie, a través de ellas se divisaban las estrellas. Este sería el punto más alto de la nave, seguramente visible desde el exterior.<br />
   El techo estaba pintado de negro, iluminado por una docena de apliques redondos embutidos en el techo abovedado y recubiertos con vidrio, alternaban con las ventanas redondas. Las lámparas eran de luz negra, de las que se veía sólo un filamento color violeta. Similares a las ópticas de los automóviles,  su luminosidad no molestaba a los ojos.<br />
   En la parte baja de la pared y dando toda la vuelta había una hilera de puertas tipo bajo mesada, de menos de un metro de altura, lisas, de color gris verdoso. Arriba de ellas y sobresaliendo de la pared no más de treinta centímetros, estaba el tablero de instrumentos semejante al de un automóvil. Debajo de ese vidrio se veían varios tipos de relojes, llaves de paso, medidores, pantallas de televisión, botones, teclados y perillas de toda clase de colores en toda su extensión. Cada tanto aparecía un sector en el cual atrás del vidrio sólo había un cajón blanco vacío, iluminado por una luz blanca, se veía  en el fondo, una barra cuadrada, de color negro, con variados enchufes de computadoras, alternadas con conexiones de puerto infrarrojo.<br />
   Ese largo tablero producía sobre las paredes negras un reflejo luminoso muy interesante, que indicaba a la distancia los objetos existentes debajo de la tapa de vidrio. Su destino probable era la distribución y control de todos los sistemas del sector.<br />
   En el medio de la sala había repartidas equidistantemente fijadas al piso, tres mesas para operaciones, de sólida construcción metálica parecida al acero inoxidable. Una de ellas era con forma de sillón. Todas estaban construidas con estructuras articuladas, con tapizados de plástico negro. Sobre una, había otra construcción compleja compuesta por dos barras redondas que hacían de columnas para sostener más equipos electrónicos en el extremo superior. A pocos pasos de la entrada había un sillón de dos cuerpos forrado con la misma alfombra marrón del pasillo. Este mueble desentonaba notoriamente del resto que parecía un  hospital, estaba suelto, colocado un poco en diagonal de una manera descuidada.<br />
  En el centro del salón tres personas le esperaban de pié. Las tres se tapaban la cabeza con una cofia negra igual al color del guardapolvo. Cubrían la boca con barbijos en el mismo color. Dos de ellos llevaban puestos guantes blancos de látex, el tercero tenía guantes negros y anteojos con marco de plástico amarillo con vetas marrones. Los de guantes blancos parecían ser los ayudantes pues se encargaron de desvestir a Santiago, dejando el calzoncillo dentro del sillón en el que estaban sentados pues su parte superior era una tapa. Lo colocaron con cuidado en la mesada más robusta, la que tenía esa forma peculiar arriba de ella. Le quitaron en un minuto el yeso gris de los brazos hasta la cadera abriéndolo mágicamente por el medio. El de anteojos, que parecía ser médico abrió una las puertas que había debajo del tablero. Allí había cuatro cajones corredizos con una pequeña luz verde incrustada en el frente. Cuando presionó esa luz, el cajón se eyectó lentamente mostrando en su interior varias cajas más chicas. De una de ellas sacó varias cintas plásticas de tres centímetros de ancho por medio de espesor y  comprobó su longitud doblándolas alrededor de la muñeca izquierda de Santiago. Cambió tres cintas de distinta longitud hasta encontrar la que le pareció adecuada. Devolvió las que sobraban colocándolas de punta, ordenadamente, cada una en su correspondiente guía, al hacerlo se prendió nuevamente la luz en su frente, indicando que estaban bien colocadas. Estas cintas evidentemente tenían un sistema electrónico en su interior, por el cual los extremos se soldaban automáticamente cuando se los juntaba, formando de esta manera una pulsera dura, de color gris. Con ellas ajustó los brazos y tobillos de Santiago a un caño metálico que bordeaba la camilla.<br />
   Santiago quedó estaqueado en el marco metálico con su brazo izquierdo en una terminación preparada especialmente para inmovilizarlo de ese lado.<br />
   El médico de los anteojos, que mantenía todo el tiempo el par de grandes ojos entrecerrados, dirigía esta operación desde su computadora portátil. Un  brazo mecánico que salió de abajo de la camilla atrapó el antebrazo de Santiago con una abrazadera ancha, como si fuera  la boca de una víbora articulada. La mandíbula inferior tenía una conexión para dos finos caños de plástico transparente unidos por el otro extremo con un aparato del tamaño y forma de una cafetera, que en realidad cumplía, la función de recibir los frascos con las drogas a inyectar.<br />
   El médico observaba el proceso de inserción de la aguja en las venas en una imagen ampliada en la pantalla de la computadora. Repitió esta operación un par de veces hasta que quedó conforme con la localización de la aguja. El líquido transparente ya estaba en la manguera cuando realizaron la pinchadura. Completado este paso quiso mejorar la iluminación del sector. Para ello, pulsó un botón grande de color amarillo rodeado por otros más chicos, que indicaban la dirección de enfoque de cada uno de los apliques embutidos en el cielo raso abovedado. Esta botonera estaba fija en un borde más grueso de la mesada, en cada una de las camillas existía ese mismo juego de botones. Cuando entraron a la habitación, esas luces estaban enfocadas en la camilla de al lado, cuando presionó el botón principal automáticamente todas las luces giraron hacia esta mesa, menos una. Por tal motivo, el doctor empezó a probar con los botones chicos averiguando cuál era el correspondiente a la que no había girado, sin embargo, al encontrarlo y accionarlo, la lámpara daba una pequeña sacudida y no obedecía, por ello nuevamente probó con el botón grande. A pesar del intento tampoco funcionó. En ese instante Santiago comenzó a preocuparse por su destino.<br />
   El médico sacó un frasco chico y otro grande, leyó atentamente las etiquetas de ambos acomodándose los anteojos a cada rato, los colocó en la máquina inoculadora retirando el frasco anterior. Al apoyarlos con la tapa para abajo automáticamente bajaron dos pistones que presionaron a cada frasco contra la base. El médico verificó con la mano si no se movían. El frasco grande era del tamaño máximo para ese lugar. Era de vidrio transparente y parecía contener una solución parecida al agua. Inició el proceso de inyección escribiendo en su computadora portátil. </p>
<p>    No encuentro palabras para expresar el miedo que tenía en ese instante. Decir que me sentí como un ratón de laboratorio es poco. Debía prepararme a morir de la manera más espeluznante:<br />
   ¿Corrosivos ácidos destruirían mis venas? ¿Letales microbios devorarían mi cerebro? </p>
<p>    El médico, cuando manipuló nuevamente la computadora, habló de manera audible para Santiago, sin embargo sus labios ocultos por el barbijo parecían no moverse o este mensaje le llegó telepáticamente. La realidad es que Santiago, en ese momento no lo supo,  miraba sus negras manos pensando porqué eran de ese color sólo para distraerse, pues el pánico comenzó a invadirlo.<br />
   Otro brazo mecánico apareció por sobre el cuerpo de Santiago que dejó pegado en el pecho, a la altura del corazón, una etiqueta auto adhesiva, que tenía por misión la transmisión de información del estado del paciente a la computadora del médico.<br />
—	¿Dónde está anotado? ¡Ah!  Es aquí ¿Quién eres? ¡Ah! —dijo el médico.<br />
   — Aquí vemos que el nivel uno está ocupado, bien eso está bien—dijo nuevamente.<br />
—Veamos el nivel dos. ¡Ajá! Está libre, bien, pongamos el tiempo, bien, comencemos —murmuró mientras seguía tecleando en la computadora.<br />
   Santiago entró en un suave sopor tranquilo, principalmente porque no sintió nada en particular que pudiere activar los mecanismos naturales de defensa, o quizás ellos estaban inhibidos y en ese caso, no tenía importancia. Quizás quedó dormido, pero inmediatamente, sorprendido, lo despertaron otras voces.<br />
   —Despierta, despierta, bien, así es, bien, ahora el nivel tres—dijo el médico.<br />
   Nuevamente el sopor lo invadió, pero esta vez comenzó a contar una historia mientras seguía tecleando en su computadora. Santiago lo escuchaba atentamente. </p>
<p>   Me estaban realizando una tomografía computada. </p>
<p>   La mesada móvil superior constaba de dos cilindros gruesos montados en forma paralela, separados entre ellos por un centímetro. Este era el elemento magnético que irradiaba al cuerpo del paciente y cuyas imágenes eran recogidas por la planchada oscura que se superponía con la camilla.<br />
   El mecanismo cumplió otro ciclo y quedó otra vez detenido en el extremo. Un ruido diferente anunció la presencia de otro brazo mecánico surgido debajo de la camilla. Este venía provisto en su extremo de variados y extraños implementos. El cuerpo de Santiago rodó hasta quedar con la espalda hacia arriba. Se acercó uno de los ayudantes y aplicó un líquido amarillo en una sección de la columna vertebral de Santiago. El brazo articulado giró en su punta apoyando un extremo con forma de campana cuadrada sobre la parte recién pintada. El médico dirigía la operación en la pantalla.<br />
   Santiago se tranquilizó al ver que no sintió nada, por eso no le preocupó que durara tanto tiempo.<br />
   —Muchacho, ya terminamos —.dijo más tarde.<br />
   Manteniéndolo en esa posición los ayudantes le colocaron a Santiago nuevamente la plancha gris alrededor de la cintura ajustándola firmemente.<br />
   En esta oportunidad la torreta con los rodillos se elevó rápidamente, la camilla comenzó a girar por su centro de equilibrio dejando los pies de Santiago hacia arriba y la cabeza casi en el piso, dejando sus partes íntimas a nivel del  ayudante.<br />
   De la repisa vidriada un ayudante tomó un instrumento para realizar una descarga eléctrica sobre la próstata localizando la misma desde el intestino grueso. Constaba de un mango de plástico negro, alojaba en el interior las pilas que se recargaban por contactos existentes en la base. Se prolongaba en una varilla flexible plástica de color blanco de un centímetro de diámetro por treinta de largo, rematando la punta en un anillo plateado, flexible, de tres centímetros de diámetro.<br />
   Santiago, desde su posición observó el proceso, pero no pudo controlar el pánico que había invadido todo su ser ante este atropello, su esfínter se aflojó y un dorado chorro de pis iluminado por esa potente luz negra quedó flotando en el aire, como un río retorcido en dirección a las oscuras paredes de la habitación. Prestamente una mano protegida con guantes de látex blancos surgió de las sombras arrastrando una manguera espirada blanca, que portaba en su extremo un cono metálico de acero inoxidable por donde absorbió el refulgente líquido y las solitarias gotas de distinto tamaño esparcidas por el aire que brillaban como gemas por efecto de la luz especial. Dejaron este adminículo sobre los genitales del joven un par de minutos. Luego al retirarlo lavaron cuidadosamente el sector con esponjas húmedas. Una descarga eléctrica provocó inesperadamente la eyaculación sin erección previa. Para evitar el derrame del material genético mantuvieron apretado el extremo del prepucio. Inmediatamente los dos ayudantes provistos de pequeñas espátulas flexibles juntaron e introdujeron el semen en un pequeño recipiente de vidrio marrón con una etiqueta blanca. El brazo robótico abrió las fauces y se replegó lentamente a la posición original, el tratamiento había terminado con éxito, en consecuencia, desprendieron una de las pulseras que aprisionaba la muñeca de Santiago para retirarlo de la mesa. </p>
<p>   —Me voy a llevar esa pulsera mágica no bien me suelten—pensó Santiago<br />
   En el intento se produjo un forcejeo con los ayudantes.<br />
—Está bien, ya no lo quiero—dijo Santiago soltando la pulsera por el dolor producido cuando le intentaron doblar un dedo para atrás.<br />
   El médico observó sorprendido el tumulto con sus ojos completamente abiertos.<br />
   Los dos guardianes que presenciaban el incidente cerca de la puerta también intervinieron.<br />
   Desprendido de la camilla, le colocaron de nuevo el calzoncillo mientras lo sujetaban por los brazos, uno de cada costado.<br />
   Un enfermero envolvió su pierna derecha con la pierna izquierda del guardián con una banda gris.<br />
   Lo mismo la otra pierna y con el otro guardián.<br />
   Los guardianes salieron del hospital llevando a Santiago en el medio. Atado a las piernas de ellos y sujetado por los brazos obligándolo a caminar al mismo ritmo. Le dejaron el parche de color blanco con el que  controlaban las funciones vitales a distancia en la computadora.<br />
   Salieron por el mismo pasillo por el cual habían ingresado. Primero al sector articulado iluminado con luces fijas distribuidas por las paredes, luego al pasillo de sección cuadrada iluminado con las alfombras luminosas. En un principio caminaban despacio, sincronizando los pasos. Aumentaron el ritmo a medida que avanzaban ordenadamente. Recorrían el pasillo en sentido contrario al de la rotación de la nave, en consecuencia tenía la sensación de estar ascendiendo.<br />
   Una luz de mayor intensidad que el resto que se destacaba sobre la pared central delante de ellos parecía guiarlos.  A semejanza de la de los carteles de publicidad, la luz se desplazaba todo el tiempo a la misma distancia y a la misma velocidad, siempre por delante. En determinado momento la alcanzaron, entonces Santiago pudo ver que no era sólo una luz, esa luminosidad estaba constituida por una serie de seis letras de quince centímetros de alto cada una que formaban una única palabra. Probablemente se utilizó para que despejaran el camino.<br />
   Este corredor de sección cuadrada tenía puertas sólo del lado central de la nave. Santiago adivinó los lugares debido a que las luminosas letras que corrían por la pared desaparecieron cuando pasaron por las puertas pese a que estaban cerradas y brillantes como el resto.<br />
   En el recorrido la presencia de una alienígena parada en el umbral de una puerta abierta sorprendió a todos.<br />
   Se detuvieron delante de ella.<br />
   Santiago la miró con curiosidad, parecía preñada.<br />
   Estaba con una mano apoyada en el marco de la puerta, la otra sobre el abultado vientre. Su cara, bella y semejante a la humana, con delicados rasgos femeninos, denotaba sorpresa. Era un ser gris de manos y labios negros, en estado de preñez avanzada. Vestía con un ajustado conjunto enterizo gris un poco más oscuro que la cara. Sus pequeñas mamas notoriamente inflamadas comenzaban en el pecho y terminaban en la pelvis, por eso, le daban a la panza una forma cuadrada. Se trataba de un mamífero de parto múltiple. </p>
<p>   Ella me miraba, yo la miraba; le sonreí. Asustada dio un paso para atrás. </p>
<p>   Un par de metros más adelante, dos operarios que habían desprendido la alfombra luminosa, atornillaban la chapa que correspondía a uno de los paneles internos del pasillo con una pasta negra en la rosca de los mismos para sellar la unión. Al ungüento lo sacaban de un tarro metálico apoyado en el piso. Los paneles parecían de acero inoxidable y llevaban dibujados en una esquina varios  jeroglíficos que certificaban su origen y calidad. Cada panel tendría un metro y medio de ancho por una distancia similar de alto, sobre ella, en la parte inferior, colgaba la parte de atrás de la alfombra y allí podían verse los largos manojos de cables de fibra óptica ordenadamente distribuidos y termo moldeados en la malla base de la alfombra.<br />
   —Qué buen sistema de montaje—pensó  Santiago. Si en este momento un objeto perforara esta nave en ese sector, los operarios, sin necesidad de ponerse un traje espacial, aplicarían uno de esos parches electrónicos grises tapando el agujero en segundos. El aire saldría primero de este pasillo mientras que en la parte central prácticamente no se notaría porque la diferencia de presiones sería menor con respecto al exterior. Es además el sector que recoge el aire viciado en consecuencia, la pérdida no sería tan valiosa, más tarde con toda tranquilidad podrían cambiar o reparar el panel metálico interior.<br />
   Los dos operarios de overoles color verde oliva, similares a los usados por los militares, se apartaron del camino de un salto quedando con las espaldas pegadas contra la pared mirando horrorizados el paso del trío que solamente había detenido su marcha por unos instantes delante de la mujer embarazada.<br />
   En esta segunda vuelta la puerta del hospital seguía cerrada, en consecuencia dieron otra vuelta más, en el camino encontraron el tarro con la pasta negra que había quedado olvidada por los operarios. La alfombra estaba colocada con los bordes sin pegar.<br />
   En algunos sectores del pasillo la luminosidad era defectuosa observándose manchas oscuras en las paredes. En un lugar en el que se oían ruidos a motores de turbina, sorpresivamente brotó con estruendo, un espeso chorro de vapor de agua. Era la parte de atrás de la nave; en otra parte agobiaba el calor. Había un tercer lugar que era nauseabundo. Lo más incómodo era la permanente falta de oxígeno, como si este túnel fuera el sumidero de todos los gases de la nave. En la tercera pasada, la puerta del hospital estaba parcialmente abierta y por allí entró el trío sin bajar el ritmo de marcha.<br />
    Santiago vio al médico esperando de pie en el medio de la sala aún con el barbijo negro tapando la boca<br />
   Revisó los ojos de Santiago mientras los enfermeros quitaban las cintas grises que los unían por las piernas.<br />
    —Bueno, aquí termina mi tarea, ahora tienes que caminar por tu cuenta—.dijo el doctor mientras le despegaba del pecho la etiqueta redonda.<br />
   Uno de los guardianes tomó un brazo de Santiago y lo llevó de nuevo hacia la salida.<br />
   A pocos metros de haber retornado al túnel curvado se detuvieron delante de una pared lisa. Sólo había una tecla de acero que presionó el guardián, e inmediatamente se apagó la luz en un sector con la forma de una puerta. Segundos después se dibujó en ese lugar un contorno de medio centímetro de ancho en todo su perímetro, posteriormente comenzó a hundirse dentro de la pared, no más de cinco centímetros. Tras un fuerte resoplido de aire se abrió moviéndose hacia la derecha, penetrando en la doble pared como cualquier puerta corrediza.<br />
   Al pasar por el hueco de la puerta, Santiago tocó esa superficie lisa y verificó que ya se había solidificado, sin embargo, le llamó la atención que la banda marrón del dintel estaba caliente.<br />
   —Otra vez me dejaron pegado al asiento—pensó Santiago cuando vio que manipularon algo a sus espaldas.<br />
   Tras un nuevo resoplido la puerta se cerró. Quedó sólo en ese camarote cuadrado de metro y medio por lado, amarrado a un sillón que ocupaba casi todo el espacio disponible.<br />
   Miró a su alrededor, sobre la pared había una parte más oscura que no brillaba. Al rebatirla se desplegó una mesada  con ruido a cierre de abrojo.<br />
   Cuando pasó la mano por la alfombra que lo recubría notó que era agradable al tacto y sin las chispas que había visto en el pasillo.<br />
   —Tiene un borde de un centímetro de alto. Debe ser para que no se caigan las cosas de la mesa. Como en los barcos—pensó Santiago, mientras  la levantaba nuevamente dejándola fijada a la pared. La del piso no tenía luminosidad.<br />
   La alfombra de la pared era de largo, suave y brillante pelo, diferente al anterior.<br />
   Se preguntó intrigado de dónde saldrían las chispas.<br />
   Los pelos tenían una altura de un centímetro, de color marrón, tirando a cedro, ligeramente transparentes, todos en posición vertical y de sus puntas no salía ninguna luz.<br />
   Ésta provenía de otros hilos un poco más gruesos entretejidos entre los blandos. Venían de la parte de atrás de la alfombra a la que luego de atravesarla le curvaban la punta hacia abajo. Esta punta, a semejanza de un pequeño anzuelo de pesca estaba endurecida en su extremo para mantener el haz de luz que salía del centro de la fibra óptica, siempre enfocado al tejido de base de la alfombra. Estos hilos con las puntas dobladas estaban distribuidos de tal manera, que cada uno alumbraba un circulo de cuatro centímetros de diámetro, logrando con la sumatoria ese aspecto llamativo de alfombra luminosa.<br />
   Santiago relacionó inmediatamente este descubrimiento con las letras luminosas que corrían por la alfombra de la pared del túnel y con la información diaria que leían a la entrada de la nave.<br />
—	¡Controlan con computadoras todas las fibras ópticas de la nave!<br />
   —Una luz tan blanca sólo puede proceder de algún proceso nuclear—pensó Santiago en ese habitáculo con forma de cubo.       Entusiasmado por las novedades, siguió mirando a su alrededor. Le llamó la atención que las puertas no tuvieran picaportes, sólo había sobre ellas una tecla plateada. Del lado interno no existía ese sistema de sellado de los bordes, por lo cual se podía apreciar bien la abertura, pero lo curioso era, cuando miraba a su derecha,  podía ver otra puerta similar, sin embargo, ésta estaba dispuesta en forma horizontal, por encima de la altura del asiento, como si fuese una ventana corrediza tipo guillotina.<br />
   Un ruido a  mecanismo activado por aire anunció la apertura de la puerta. Entró la extraterrestre, la que cuidaba los niños, vestida con un traje de color azul oscuro con botones dorados, la larga falda se complementaba con un par de zapatos abotinados negros de taco bajo. Escondía su cara de color gris claro bajo una amplia peluca de pelo negro. Ruidosas pulseras de campanillas, que combinadas con elefantitos brillaban en la muñeca derecha.  Llevaba sobre la otra un reloj negro, cuadrado, sin agujas, en su lugar se observaba el titilar de algunos números. Era un reloj digital.<br />
   Sujetaba en una de sus manos una pulsera ancha de plástico gris.<br />
   —Te traje un obsequio—dijo con voz femenina, alcanzándole la pulsera—. Espero que te guste—añadió sentándose al lado de   Santiago con sus rodillas muy juntas y las manos entrelazadas sobre la falda. Entre la pollera y los zapatos dejaba ver su traje plateado ajustado a las piernas.<br />
    Su rico perfume floral invadió el pequeño recinto.<br />
    Santiago contento, agradeciéndole con una sonrisa, la tomó, recordando que era la misma que quiso arrebatarles a los enfermeros. Girándola entre sus dedos, tironeando en distintas posiciones buscó infructuosamente el lugar de la mágica separación.<br />
   —Permíteme—dijo la señora—tomando la pulsera en sus manos—, es así—. Levantó con dos dedos los bordes de un orillo que corría en ambos costados y la pulsera se abrió en un punto.<br />
   —Prueba—dijo ella devolviéndole la cinta que ya no tenía forma de pulsera.<br />
   Santiago la examinó cuidadosamente. Era una correa plástica de dos centímetros de ancho por uno de espesor y por veinte de largo pegada sobre una tela del mismo color del mismo largo pero dos centímetros más ancha. En el orillo de esa tela, una cinta de cobre en toda su longitud servía de contacto eléctrico con las puntas de cobre que a modo de tachas asomaban de ambos costados en el plástico grueso y en los extremos. Cuando uno ponía en contacto las tachuelas, la punta de la correa se licuaba y los bordes levantados hacían de cajón para que no se derramase el líquido gris que en ese momento tomaba la consistencia de la miel.<br />
   Cuando se retiraba la presión de los dedos sobre el orillo, el material se endurecía inmediatamente.<br />
   Santiago, en poco tiempo, aprendió a hacerlo con una sola mano.<br />
—	¿Viste que fácil?—dijo la mujer.<br />
   Santiago seguía jugando con la pulsera. Ahora abriendo, luego cerrando.<br />
   —Cuando veas a  tu hermana vas a tener algo para enseñarle.<br />
   —Si—dijo Santiago, haciendo girar la pulsera sobre su brazo.<br />
   —Me contaste que se había internado en un hospital ¿Eso es cierto?—preguntaba ella sin mirarlo.<br />
   —Sí, para hacer un curso de ingreso—contestó con naturalidad.<br />
—	¿Era para solucionar su problema?—preguntó la mujer con ruidos de campanillas producidos por la pulsera el expresarse con mucho movimiento de manos.<br />
   —No, fue para estudiar de enfermera. Es un curso de ingreso de verano, comparte una habitación con otras chicas.<br />
   —Sí, ya me dijiste. ¿Los médicos conocen el problema?<br />
   —Solo tiene que asistir a las clases—dijo Santiago pensando cual sería el problema.<br />
—	¿Ella no te dijo que se tenía que internar para operarse?<br />
   —No.<br />
—	¿En ningún momento te confesó que tenía miedo de la intervención?—pregunto la mujer sin mirar al costado.<br />
   —No—dijo y se estiró hacia adelante todo lo que le permitía la coraza gris que lo aprisionaba contra el asiento para mirarle la cara. Ella tenía esos grandes ojos, en su perfil se notaba la escasa altura de la nariz. La boca estaba en lo que sería el mentón. Cuando hablaba sus labios no se movían.<br />
—	¿Tampoco te dijo que en el hospital le van a sacar eso?—preguntó mientras sonaban las campanillas.<br />
   —No.<br />
—	¿No sabes si ya se lo sacaron?<br />
   —No, no sé nada—dijo Santiago molesto por el interrogatorio— ¿Sacar qué?<br />
—	¿No dijo que estaba enferma, que allí la atenderían muy bien?<br />
   —No, solo sé que fue al hospital muy contenta—dijo Santiago bostezando.<br />
—	¿No hablaste con tus tíos sobre su internación?<br />
   —Nada, en ningún momento les escuche decir algo sobre este tema.<br />
   La extraterrestre estuvo en silencio meditando un par de minutos mientras Santiago cabeceaba por el sueño.<br />
—	¿Sabes hablar otro idioma?—preguntó ella después de pensar un rato.<br />
—	Sí.<br />
—	¿Qué otro idioma hablas?—preguntó con satisfacción por su descubrimiento.<br />
—	Letón—dijo Santiago.<br />
—	¿Cómo se dice si?<br />
—	Iá —.respondió Santiago prestamente.<br />
—	¿Y cómo se dice no?—preguntó ella nuevamente.<br />
—	Ne—respondió Santiago.<br />
—	¿Cómo se dice “ella está bien”?<br />
—	Viña ir labi—dijo Santiago<br />
—	¿Cómo se dice yo estoy enfermo?<br />
—	Es esmu slims—dijo Santiago.<br />
—	Entonces: viña ir slims ¿Está bien dicho?—preguntó la señora con satisfacción.<br />
—	No, se dice: viña ir slima—le corrige Santiago<br />
—	Ah, claro, tienes razón, es femenino—dijo la mujer comprendiendo la diferencia </p>
<p>   De pronto, a la derecha de Santiago a la altura del respaldo del sillón, se abrió hacia arriba una ventana corrediza por la que asomó un extraterrestre con la piel maquillada tratando de parecerse a la humana. En la cabeza llevaba una peluca rubia que le quedaba chica, sus estirados labios estaban pintados de rojo, exhibía en la boca abierta una dentadura tallada en mazapán y tapaba sus ojos con lentes ahumados con una nariz postiza adosada. Complementaba con una camisa holgada blanca con rayas verticales rojas y guantes blancos de cinco dedos. Había colocado dos dedos en el lugar del meñique para que parezca humano.<br />
   —Parece un payaso—pensó Santiago mirando el maquillaje blanco alrededor de los ojos.<br />
—	¿Qué quieres aquí?—preguntó la mujer enojada por la interrupción.<br />
   —Sólo quería ver a nuestro pequeño visitante—dijo el payaso manteniendo la boca con la sonrisa y sin mover los labios.<br />
—	¡Ya lo viste!; ¡Retírate!—ordenó.<br />
   —Está bien.<br />
   Cuando la ventana aún no se había cerrado completamente Santiago, por la rendija, observó el cuerpo del payaso  flotando lentamente, hacia arriba.<br />
   —Espera un momento, enseguida vuelvo, voy a buscar algo para facilitar la tarea.—dijo la del traje azul, luego que se cerró la ventana.<br />
   Santiago quedó solo. Se distrajo buscando el origen de un ruido parecido a una pérdida de aire. En un rincón del camarote, cerca del techo, una placa metálica contenía cuatro caños, por uno de ellos entró un chorro de vapor de agua durante algunos segundos mientras derretía deliberadamente el material gris de la cinta sobre el piso. </p>
<p>   —Dame eso—dijo ella arrebatando la pulsera  de las manos de Santiago al ver el piso chorreado con la resina gris.<br />
   —Lo que hiciste no es correcto—dijo enojada. </p>
<p>   Se sentó al lado de Santiago y abrió una agenda de tapas negras con ribetes dorados.<br />
   Santiago, quedó maravillado al comprobar que en vez de hojas sólo tenía una pantalla de televisión en la tapa superior y botones en la inferior. Se trataba de una computadora de bolsillo.<br />
   Las clases de idioma letón comenzaron de nuevo.<br />
   Durante más de una hora se explayó por todo el vocabulario, luego siguió con los verbos y adjetivos. Después siguió con oraciones  simples, mas tarde con compuestas.<br />
Santiago, debido al intenso interrogatorio, estaba cansado, tenía sueño. Quería que esa tortura terminara.<br />
   Por entonces ella leía en letón las oraciones en la computadora preguntando si las mismas estaban pronunciadas correctamente.<br />
   —Si digo: Viña bija aizvesta uz slimnicu lai izñemt tas lietas?<br />
(¿La llevaron al hospital para sacarle esas cosas?) – ¿Está bien pronunciado?<br />
   —Sí, es correcto—asintió Santiago mientras su cabeza se caía hacia adelante por el sueño.<br />
   —Ta ir taisniba? (¿Eso es verdad?) —preguntó Yanel.<br />
   —Sí, es verdad—dijo Santiago vencido por el cansancio.<br />
   Cuando ella se retiró Santiago se durmió sentado, sujeto por el yeso plástico adherido al respaldo del asiento.<br />
   Quince minutos después ella regresó. Traía en su mano varios papeles, tamaño carta, con fotocopias en blanco y negro de algún mecanismo.<br />
   —Es hora de que tomes clases—dijo para que le prestara atención.<br />
   Bajó la tabla del escritorio que tenía enfrente y extendió sobre la misma tres hojas.<br />
   En la primera estaba dibujado algo parecido a una caldera de vapor. En la segunda fotocopia esa caldera tenía agregadas dos ramificaciones tubulares que salían para adelante como si fueran dos brazos paralelos de los cuales, a su vez, salían varios caños más cortos apuntando hacia abajo. En la tercera fotocopia estaban ampliados sólo los brazos y de los caños cortos salían imaginarias flechas entrecruzadas hacia abajo que atravesaban una línea curva de trazo grueso.<br />
   —Este es el generador de partículas elementales—dijo señalando la primer fotocopia.<br />
   —Estos son los conductos que llevan a esas partículas debajo de la nave—agregó señalando la segunda fotocopia. Cuando las partículas que salen por estos caños cortos a la velocidad de la luz, chocan con las partículas que vienen por este otro brazo, en ese punto, ellas pierden su masa, emiten fotones y absorben las fuerzas gravitacionales que están jalando la nave hacia abajo las que también llegan a la velocidad de la luz.<br />
   En ese momento nuevamente se abre la puerta y entra un gris, vestido con ropa de fajina de color marrón claro.<br />
—	¿Qué le estás enseñando? No va a recordar nada—dijo el gris en tono enojado.<br />
—	Le voy a dar algo sencillo—contestó con tranquilidad.<br />
   El gris se retiró sin saludar. La puerta se cerró tras él con ruido de aire comprimido.<br />
   —De todo lo que te dije, lo único importante que no debes olvidar es que estos rayos no pueden atravesar ningún metal. Por eso la nave en su parte inferior tiene esa gran superficie vidriada.<br />
   —Repíteme—insistió—¿Qué es lo más importante que tienes que recordar?<br />
   —Que los rayos no pueden atravesar ninguna parte metálica—dijo Santiago ahora despierto otra vez<br />
   —Muy bien—dijo mientras se levantaba para retirarse.<br />
   Al cerrarse la puerta se abrió la ventana.<br />
   Entró el payaso. </p>
<p>   —Hola—dijo el payaso sentándose a su lado.<br />
   —Hola—dijo Santiago sonriendo.<br />
   —No pude despedirme—dijo el payaso.<br />
—	¿Me van a llevar a mi casa?—inquirió Santiago.<br />
   —Si—dijo el payaso y en su cara se notaba tristeza.<br />
—	¿Ustedes, a donde van?—preguntó con curiosidad.<br />
   —Nos vamos a un planeta muy grande y muy lejano.<br />
—	¿Cómo hacen para que no les falte comida en esos viajes?—preguntó Santiago recordando que tenía hambre.<br />
   —Hay una ruta comercial que llega hasta Júpiter, Hasta allí llegan los contenedores cargados con provisiones, mientras van dando la vuelta a ese planeta, los cambiamos por otros cargados en forma alternada.<br />
—	¿Cómo son los contenedores?—preguntó Santiago.<br />
   —Este es un contenedores—dijo el payaso tocando la pared.<br />
—	¿Vienen con el hospital incluido?—preguntó Santiago extrañado, recordando ese lugar tan complejo.<br />
   —No—dice el payaso riéndose—. Esa es la nave. El contenedor es como un anillo vacío que la rodea.<br />
   —Entiendo ¿Pero a los contenedores, quién los maneja?<br />
   —Viajan solos, en forma automática, sin su nave central—respondió el payaso.<br />
—	¿Y qué es lo que llevan en el viaje de vuelta?<br />
   —Un contenedor da la vuelta cargado con provisiones, al otro lo cargamos con agua.<br />
—	¿Por qué hacen eso?<br />
   —Es para que a los que viajan de vuelta no les falte nada.<br />
—	¿Vos te vas en uno de esos con provisiones?<br />
   —Si—dijo el payaso—y en su cara se notaba la tristeza.<br />
—	¿Te vas ahora?<br />
   —Si—respondió mientras deslizaba su cuerpo por la ventana que aún permanecía abierta.<br />
   La ventana se cerró.<br />
—	¿Qué habrá aquí?—se preguntó mientras golpeaba con los un nudillos la tapa del asiento.<br />
   Miró el yeso que lo aprisionaba, descubrió las tachas y el orillo levantó los bordes y el yeso se abrió al medio. Sin embargo no podía salir. Si bien estaba partido, por la dureza no cedía a sus esfuerzos para separar los bordes. Al ver que había más tachas en el costado, levantó el orillo para ver qué pasaba. Sucedió lo que esperaba, el yeso se ablandó en ese lugar y pudo doblarlo lo suficiente para deslizarse hacia abajo.<br />
   Levantó la tapa del asiento. Adentro había un traje plateado que tenía incorporada una escafandra. Arriba de la escafandra, enrollada, una larga manguera blanca con un conector metálico en la punta. Santiago examinó ese extremo para ver donde podía enchufarlo. Enseguida se dio cuenta, era uno de los caños que asomaban en la rejilla superior por la que entraba el aire.<br />
   Dejó todo en su lugar cerró el cajón y se ajustó al asiento. </p>
<p>   El ruido generado por el ingreso de aire por la rejilla, lo sacó de la modorra otra vez<br />
   —Están poniendo aire para mis necesidades, me están cuidando—pensó entre sueños antes de dormirse profundamente.<br />
—	¡Huuuuu&#8230;!<br />
—	¿Qué es ese sonido?—se preguntó Santiago alarmado, despertándose inmediatamente.<br />
   En la nave retumbaba una alarma de tono grave similar a la sirena de un barco.<br />
   La nave, segundos después dejó de girar sobre su eje y la fuerza centrífuga que mantenía a Santiago apretado contra el asiento desapareció. Sus piernas y brazos flotaban.<br />
   —Esto es agradable— Cerró los ojos y se durmió pacíficamente. </p>
<p>   El sonido del aire comprimido anunció la apertura de la puerta. Se encontró con la sorpresa de que lo que antes era la puerta, ahora era la ventana. La que era una ventana por la cual ingresaba el payaso, ahora era una puerta y por ésta entraron tres extraterrestres vestidos con uniformes militares de color verde oliva. Sobre su pecho llevaban amarrada el arma.<br />
   —El espacio es muy reducido para tantos—pensó molesto al sentir apoyarse el arma del guardián en su cara.<br />
   —La tecla ovalada es el que más aprietan—recordó al observar los botones redondos que tenía el arma en el costado y tratando de ver las inscripciones impresas en los mismos.<br />
   —Este tipo desgastó todos los botones—pensó al no ver ninguna letra.<br />
—	¿Para qué será el botón ovalado?—se preguntó mientras estaba mirando el visor del extraterrestre que estaba unido por un cable al arma. En la parte baja dentro del vidrio ligeramente ahumado, se transparentaban dos líneas horizontales, una amarilla y la otra, la de más abajo, roja. Los grises utilizaban este medio silencioso de comunicación digital para sus misiones. Las letras amarillas eran los mensajes enviados y las rojas los recibidos.<br />
—	¿Saldrá un disparo si aprieto la tecla ovalada?—se preguntó Santiago.<br />
   —Apunta al piso. No creo que lastime a nadie—convencido de ello hundió la tecla dos veces.<br />
   Había apretado la tecla de pausa y el cursor amarillo, en el visor del guardián avanzó un par de lugares.<br />
   Santiago miró su cara con una sonrisa.<br />
   El guardián tenía la cara transformada por el enojo. Expresó su desagrado apretando la mano de Santiago.<br />
   —La sonrisa se transformó en mueca por el dolor.<br />
   —No lo voy a hacer más—gritó cuando el guardián comenzó a retorcer el brazo.<br />
   —Haaaaaaaa!!—gritó Santiago dolorido mientras el guardián seguía haciendo más presión en el brazo.<br />
   —Me dolió—se quejó, cuando éste le soltó el brazo.<br />
   El guardián estaba inmóvil, con los brazos pegados a sus costados. Leía atentamente las letras rojas que en gran cantidad corrían por el visor. Contestó tecleando los botones del arma.    Ahora corrían las letras amarillas. </p>
<p>    Una correntada de aire fresco ingresó en el pequeño recinto. Los soldados comenzaron a moverse hacia la salida lentamente. Dos de ellos abrieron el yeso gris de Santiago.<br />
   Al inclinarse el guardián, Santiago observó que en la pantalla de televisión de la culata del cañón del arma había una imagen que pasaba del marrón al verde oliva. Mirando bien comprobó que correspondían alternativamente al verde del pantalón del soldado que estaba atrás del guardián y de marrón la alfombra de la pared. En cada caso la imagen corregía su enfoque del mismo modo que lo que sucede con las cámaras de fotos automáticas.<br />
   Por curiosidad miró la pantalla de otro arma, un poco más grande, similar a un fusil. El gris que portaba el arma, dándose cuenta que Santiago miraba la pequeña pantalla de televisión, apretaba dos botones alternativamente accionando el objetivo para alejar o acercar la imagen mientras miraba feliz la cara del joven arqueando ligeramente la comisura de los rectos labios.<br />
   —Debe ser su sistema de puntería—pensó Santiago al ver que esa misma imagen se repetía en el rincón inferior derecho del visor, proyectada desde un pequeño punto luminoso del interior del casco y de ese mismo lado. </p>
<p>   Del camarote pasaron  a la bodega, siempre sujetado por dos custodios.<br />
   El aire fresco entraba a raudales por una puerta abierta. </p>
<p>—	¡Soldado! Pase al frente—ordenó uno de los custodios de Santiago.<br />
Inmediatamente se colocó delante de Santiago en posición de firmes.<br />
   —Dígale que para salvar su vida tiene que correr a la orden—dijo el guardián mientras cerraba con  fuerza sus dedos sobre el brazo de Santiago.<br />
   —Si quieres salvar tu vida tienes que correr cuando te lo ordene—dijo el soldado que estaba delante de Santiago en un susurro y sin mover los labios.<br />
   —Más fuerte soldado, no lo escucha ¡Grite con fuerza!—exclamó el custodio sin soltar su brazo.<br />
   La boca del soldado que estaba delante de Santiago se abrió de par en par.<br />
   Santiago presa del miedo temblaba como una hoja, pues no sabía a qué atenerse. Sus custodios le habían soltado ambos brazos.     Esperaba la orden final que no llegaba.<br />
   La boca del soldado seguía abierta.<br />
    La situación seguía igual.<br />
   Tenía la boca sin dientes. En su lugar exhibía encías planas de no más de un centímetro de ancho, tanto arriba como abajo  y quizás correspondía a una máscara de goma, con apariencia humana, que éste soldado llevaba ajustada a la cara. Una lengua blancuzca se movía muy poco en la cavidad bucal. En el fondo de su garganta vibraba una membrana similar a los diafragmas de los parlantes. Un centro engrosado hacía suponer que atrás había un músculo que la hacía vibrar en una frecuencia baja, inaudible para los humanos.<br />
   —Los guardianes lo sujetaron de nuevo por los brazos en medio de un coro de carcajadas que estallaba a sus espaldas.<br />
   —Fue sólo una broma—pensó Santiago aliviado cuando notó que en un asiento conformado con la pared, estaba sentado su vecino Gregorio, sujetado por la cintura con la banda gris. Exhibía una gran sonrisa mientras miraba por la escotilla abierta las luces de San Miguel sobre el horizonte.<br />
    La noche era muy clara y estaba por amanecer.<br />
   Volaban al ras de las copas de los árboles.<br />
   —Es el cementerio—pensó viendo construcciones blancas rematadas con cruces.<br />
   Después de pasar un campo con algunas vacas, cruzaron las vías del tren.<br />
   —Atrás debe estar la planta de laminación de hierro—razonó Santiago al reconocer el lugar.<br />
   Pasando el monte, la nave se detuvo.<br />
   Descendió delante de la parra de don Gregorio.<br />
   Un ruido a bombas hidráulicas indicaba que las patas posteriores de la nave estaban inclinándola hacia adelante para que la boca tocara el piso.<br />
   Los guardianes mantenían a Santiago sujeto con una mano, mientras que con la otra se agarraban del pasamano debido al fuerte aumento de la pendiente del piso.<br />
   Bajaron todos por la rampa.<br />
   La noche era clara y estrellada, la luna, sobre el horizonte, iluminaba escasamente la escena.<br />
   Refugiados debajo del alero de la nave, Santiago y uno de sus guardianes miraban como uno de los soldados cargaba con dificultad, en cuatro patas, a Gregorio sobre la espalda.<br />
   —Parece una carretilla—pensó Santiago al ver como llevaba una carga que triplicaba su propio peso.<br />
   Dejaron a Gregorio en el piso al pie de la ventana del dormitorio. Santiago, sujeto por el guardián, observaba a su vecino sentado en el suelo con sus dos piernas extendidas, casi rozando las suyas.<br />
Desde el interior, un gris abrió una hoja de esa ventana e inmediatamente el soldado intentó introducir por esa abertura el cuerpo fláccido de Gregorio.<br />
   Al fracasar los repetidos intentos para pasarlo, abrieron la otra hoja de la ventana.<br />
   Desgraciadamente esa ventana tenía una hoja fija y una de abrir. En ese acto rompieron el marco, rajaron el vidrio y los clavos retorcidos que quedaron expuestos impidieron luego el cierre correcto.<br />
   —Ahora vamos a mi casa—pensó Santiago cuando el que estaba en el interior saltó por la ventana.<br />
Santiago no se dio cuenta de que el guardián lo había soltado y dado un paso atrás, tampoco podía ver que había desenfundado su arma y le estaba apuntando en la nuca.<br />
   Solo sintió un golpe fuerte en la cabeza. No tuvo tiempo para pensar en el dolor, todo sucedió en fracciones de segundos.<br />
   Santiago quedó en el piso mirando las estrellas, con el cuerpo insensible y el cerebro delirante. En algunos momentos creía flotar en un mar de luces, en otros, soñaba que estaba en la nave y que a través del portón abierto de la bodega miraba la belleza de los astros mientras navegaban a su encuentro.<br />
   Despertó un poco cuando llegó delante de la ventana de su cuarto. El mosquitero estaba apoyado contra el muro, la ventana estaba abierta y en el interior lo recibía extendiendo los brazos el comando que tenía la cara pintada con dos trazos rojos en diagonal.<br />
   Depositado en la cama con suavidad, boca abajo, el comando le inyectó la droga que actúa sobre las neuronas en una de las piernas. Al darlo vuelta le aplicó otra dosis en la otra pierna. </p>
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		<title>Anatomía de un extraterrestre</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Feb 2011 00:17:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Artículos y opiniones]]></category>

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		<description><![CDATA[Un extraterrestre adulto, comúnmente llamado GRIS, es un ser humano, de carne y hueso de un metro veinte de altura. Son mamíferos y su piel es de color gris, como la de los elefantes pero mucho más delicada. Están clasificados también en hembras y machos. Dios lo construyó en otro planeta, con los materiales que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un extraterrestre adulto, comúnmente llamado GRIS, es un ser humano, de carne y hueso de un metro veinte de altura. Son mamíferos y su piel es de color gris, como la de los elefantes pero mucho más delicada. Están clasificados también en hembras y machos. Dios lo construyó en otro planeta, con los materiales que encontró más a mano y le otorgó un alma eterna, igual que a nosotros. Sus cuerdas vocales están compuestas por una membrana al fondo de la cavidad bucal, por eso, no necesitan mover los labios para hablar. Algunos contactados confundieron esta extraña capacidad de expresión con transmisión mental. Los dedos de las manos, todos de igual longitud rematan en pequeñas uñas cónicas, de color negro, cuidadosamente limadas y que evolucionaron de una garra. Son seis los dedos y pueden usar tres de ellos, o dos, o uno, como opuestos. Poseen en las piernas, concretamente en la rodilla un tercer hueso que normalmente mantienen plegado para poder caminar erguidos, como nosotros, pero al desplegarlo,  le permite desplazarse en cuatro patas y de este modo pueden cargar sobre las espaldas el triple de peso que del propio cuerpo. Su gran cabeza, sin cabello, se debe a que posee a los costados y por encima del cráneo un pulmón que se infla cuando toma aire y que luego, cuando está hablando, éste se desinfla lentamente. No tiene orejas, la nariz es muy pequeña y está muy cerca de la boca, los labios son apenas una línea, muy finos. El mentón es similar al nuestro, los ojos, dos,  están ubicados en la cara de forma similar a la nuestra pero son mucho más grandes, ovalados hacia arriba con grandes párpados que pueden manejar a voluntad ya que descienden a modo de guillotina. Cuando están ubicados por la mitad, son cómo lo describen normalmente, elípticos, horizontales y muy oblicuos, pero cuando están abajo, son iguales a los nuestros, con pupilas similares. Las hembras, cuando están encintas, tienen un par de mamas normales en el pecho, paro un poco más abajo, poseen un segundo par, menos desarrollado y luego, cerca de la ingle, otro par más y de menor tamaño aún que las anteriores. Pueden parir varios hijos a la vez normalmente. Por una decisión cultural solo acostumbran tener un hijo por vez. Lo curioso es, que éstos hijos no tienen padre. Apelan a un banco de material genético para poder mantener pura a la raza.</p>
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		<title>REVELACIÓN</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Dec 2010 22:34:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Valdis</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Así comenzó ésta historia.
                                    EL  SIETE  DE  ORO
— Por ser el dueño de casa, voy a iniciar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Así comenzó ésta historia.<br />
                                    EL  SIETE  DE  ORO</p>
<p>— Por ser el dueño de casa, voy a iniciar el juego — dijo al mostrar la carta. </p>
<p>                                           EL ESCRITOR</p>
<p>El frente de aire frío había llegado con el primer día de mayo. Anticipaba los rigores del próximo invierno a los habitantes de Pinamar, un pequeño pueblo costero a orillas del Océano Atlántico, un balneario dedicado exclusivamente a la actividad turística. La humedad consecuente, por la tarde, con la puesta del Sol, invitó a los escasos pobladores, los afortunados, a permanecer encerrados en los respectivos domicilios con las estufas encendidas.<br />
Solamente una camioneta, estacionada en la playa, desafiaba las ráfagas de viento.  </p>
<p>— Me llamo Aurelio, soy un hombre joven, de cincuenta años. Estoy en el extremo de la avenida principal del pueblo en el que vivo. Espero la salida de la Luna. Busco inspiración para comenzar otra historia — pronuncié con voz firme, acomodando el micrófono sobre el panel de instrumentos del vehículo, cerrando rápidamente la ventanilla ante la presencia de una nube de arena que arrastraba el temporal.<br />
— A falta de idea propia,  registraré lo que pueda ver — dije mirando hacia el exterior.<br />
— En la oscura noche, un halo luminoso comenzó a extenderse por sobre el horizonte. Las olas del mar, intentando borrarlo, lo transformaron en una pálida y larga mancha que nunca  dejó de crecer.<br />
— Parece como si viniera un plato volador — agregué con otro tono de voz.<br />
— Millares de estrellas curiosas ocuparon las gradas del cielo para contemplar la lucha. Por breve momento, aquella silueta desparramada se concentró en un punto brillante, por donde luego asomó como ariete el borde frontal de una figura curvada. Un lomo amarillo que aumentó de grosor rápidamente, dando a entender que había vencido a la resistencia inicial.<br />
— ¿Será cierto que los extraterrestres vienen de allí?  — grabé también.<br />
— Solo le resta para independizarse, desprender la base, alargada por la succión del mar al tratar de retener la presa.<br />
— Escuché que viven en una ciudad construida dentro de un cráter.<br />
— Un poco después, agrandado, flotó triunfante sobre el océano mientras los astros saludaban aplaudiendo.<br />
— Sin embargo aún creo que algo no está en el lugar correcto — comenté al terminar la descripción, apagando el aparato —. Si la traza de la avenida principal de esta ciudad estuviera un par de grados hacia la izquierda, quedaría retratada en el medio de la calzada  en el momento en que asoma, reemplazando a un mar, que de noche, de lejos, no tiene nada para mostrar a los turistas.<br />
— En alguna parte me va a servir — justifiqué, imaginando oraciones inconclusas de una historia inédita justo cuando una neblina espesa comenzó a envolverme, decidiendo entonces volver al estudio esperando recopilar información adicional sobre nuestro satélite natural en las páginas de Internet. </p>
<p>— Es un buen día para comenzar mi próxima novela, una ganadora — dije acomodándome sobre la pantalla de la computadora, con el firme anhelo de encontrar una pista para continuar el tema que había imaginado recientemente.<br />
— ¿Qué puede ser? ¿Qué es lo que les gusta a los lectores? Es la parte más difícil para un escritor — dije recordando el libro que había editado anteriormente.<br />
— Prácticamente tuve que regalar todos los ejemplares. ¿Cómo puedo sobrevivir así?— pensé amargado.<br />
— Veamos que hay por aquí&#8230; — murmuré revisando las páginas de Internet encontrando una en la que se podía apreciar una foto que mostraba con bastante nitidez los accidentes geográficos del polo sur de la Luna.<br />
— ¡Que imagen tan interesante! — Exclamé en vos baja, estudiando atentamente cada detalle.<br />
— Hasta me resulta conocido — afirmé observando la escarcha blanca depositada en sectores aledaños de menor pendiente.<br />
— Parece como si hubiera estado paseando por allí —  dije luego al notar la gran profundidad existente en las paredes de aquel cráter, muy particular, de cincuenta kilómetros de diámetro según la escala adjunta y el cual, a diferencia de los demás, tenía uno de los costados intacto pese a la fuerza del impacto estelar que sufrió.<br />
— Debería tener una profundidad no menor a mil metros — aseguré convencido —. ¡Recuerdo que el suelo era de color marrón! ¿De dónde saqué esto? — me pregunté mientras recordaba otros detalles fantásticos.<br />
— Creo que la nave se detuvo justo allí, en el borde del precipicio, por unos instantes, antes de descender en un vuelo vertiginoso hacia el fondo.<br />
— ¡Voy a escribirlo! No sé si es mi imaginación, o si sucedió efectivamente, pero esto es muy intrigante, quizás cuando lo ordene pueda saber la verdad ¿Cómo comenzó? ¿Cuándo? ¿Dónde?<br />
— ¡Qué bueno! ¡Allá vamos!</p>
<p>                          &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-o&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;        </p>
<p>Y así debería terminar</p>
<p>                              REVELACIÓN                                                </p>
<p> No puedo dejar de hacer la misma pregunta una y otra vez. — ¿Quién es ella? ¿Qué razones tendrían los miembros del tribunal para ocultarle la cara? — murmuré recostado en la cama, sin poder conciliar el sueño, al repasar aquellas imágenes que mostraban a una mujer vestida con un traje de novia blanco con un ramo de orquídeas en las manos, con el rostro cubierto de neblina e imposible de reconocer.  — ¿Qué interés personal la inducía a mover aquel ramo? — pregunté de nuevo, analizando diferentes posibilidades. — Por la forma como se había comportado parecía pertenecer a un grupo de personas importantes — deduje  recordándola, de pie, en el centro del largo mostrador, hablando para ambos costados, dando explicaciones en forma autoritaria. — Serán jueces y deciden de acuerdo a normas preestablecidas  — concluí luego de un tiempo, pero sin poder resolver el enigma.   — ¿Por qué mujeres? — pregunté intrigado al notar la ausencia de hombres en el panel — ¿Acaso ellos llegan en un número menor? —. En tal caso deberían estar muy aburridas — intuí, sonriendo por aquella idea repentina levantándome de la cama, yendo al sofá de la otra habitación. — ¿A quién benefician con el trabajo que están haciendo? —  pregunté en voz baja  para ver si con aquel razonamiento llegaba a vislumbrar alguna conclusión. — ¿Lo hacen para la conveniencia de los que están de ese otro lado o para los que aún no llegaron? ¿O todo está relacionado en una causa recíproca, mutua, con un solo fin? — aventuré sin poder dilucidarlo. — ¿Por qué le ocultaron la cara? — indagué al intuir que allí estaba la solución del misterio ya que ella era la que tenía que introducirme cierta información, delicada, evitando reconocerla en el procedimiento.  — Estoy seguro que agitaba el ramo para indicarme algo — murmuré al revivir el cuadro, volviendo de nuevo a la duda inicial, para buscar un camino diferente. — Debe estar ligada a mi pasado, probablemente una ex esposa — razoné, concentrando la mente en recuerdos lejanos para encontrar la punta del ovillo, pensando en el ramo de novia, un ramillete que caía de las manos, una cascada de flores blancas. ¡Allí está la clave! — afirmé dispuesto a descubrirla, sacarle el velo borroso con la imaginación.  Apagué la luz del cuarto, me recosté en el diván y me puse a pensar en tiempos pasados, el día de nuestra boda, donde ella también lanzó al aire un ramo. — El ramo de novia — repetí varias veces, despacio, esperando una pista. — ¡No, no era el de ella! ¡La presidente del panel le obligó intercambiar el vestido! — justifiqué dando vueltas en el sillón, tratando de acomodarme. — ¿De quién entonces? ¿De Soledad?  ¿Será de ella? ¡Además es de orquídeas blancas! —exclamé intuyendo algo, incorporándome.  — Veamos, le pongo a la dama blanca que conocí en el panel, el rostro de ella. — ¿Cómo la veo en mi mente? — analicé por un momento caminando en círculos. — Imagino que está sonriendo, agitando disimuladamente un ramo de orquídeas blancas. — ¿A quién se parece? — me pregunté al pensar en historias antiguas, recuerdos de vidas pasadas. Un poco después, con Soledad presente, al compararla con otra cara de rasgos similares, pero con la frente algo achatada, un mentón pronunciado, creí adivinar la respuesta. — ¡Se parece a alguien que conocí hace mucho, mucho tiempo! — exclamé asombrado, rebobinando una película pasada, viendo como aquella cara estática, sonriente, lentamente cobraba vida y comenzaba a relatarme otra historia, mostrándome el ramo, transmitiendo las imágenes de un amor perdido en el pasado a la vera de un arroyo de aguas cristalinas, cuyas márgenes, sembradas de flores amarillas recrearon solo un instante del brillo que habían compartido y que ahora recordaba intensamente al comprender la verdad, recordando que fue Rocío quién introdujo en mi mente la vida anterior de ambos. ¡Ahora sabía la verdad!  — ¡Por eso agitaba el ramo! — recordé emocionado — ¡Soledad, mi amada esposa y Rocío son una misma persona!  Está a mi lado de nuevo y no lo sabe — deduje de pronto, inquieto, al comprender las implicancias del suceso. — ¿Qué debo hacer? ¿Debo decirle lo que acabo de descubrir? — pregunté henchido de felicidad —. Agradecer al Señor por darme otra oportunidad es lo primero — susurré.<br />
Entonces, entre un sinfín de imágenes alegóricas, remontándome en el pasado, recordé que el Señor, permitió desde hace muy poco tiempo la formación de sendos equipos para ayudar a perfeccionar los destinos. En los mismos, democráticamente, un grupo de hombres determina el futuro de una mujer, mientras por otro lado, las del sexo femenino, debaten y deciden paralelamente los pasos del hombre que compartirá su vida.     Y también vino a mi memoria otra importante entrevista.<br />
— He recibido un pedido firmado por todas las Santas — dijo María Santísima —. Es para recuperar el alma de una poetisa. Necesitamos un hombre dispuesto para la tarea. Pensé en ti. Si logras convencer al jurado que puedes amar aquel ser con igual fervor que a tu esposa anterior, ella será liberada.<br />
Y además entró en el ruedo otro recuerdo antiguo, una advertencia muy seria que nunca antes tuve en cuenta, que ignoro cómo se incrustó en mi mente y que por su naturaleza no puedo ahora dejar de lado: “Recibirás la oportunidad para que ambas partes logren un entendimiento razonable. Para ello, deberás demostrar la validez de los  principios que propones, evitando hacer uso de la fuerza. Si por alguna razón muere un inocente en la defensa de tu causa, el Señor mandará a un emisario para traerte de vuelta.  En caso de lograr evadirlo, ya sea personalmente o mediante la colaboración de terceros, en su reemplazo, vendrán tres. Si eliminas a estos, vendrán nueve y así sucesivamente, hasta que decida llevarte” — La advertencia seguramente está relacionada con el joven extraterrestre que estaba alojado en el altillo de mi casa, un militar, un comando a quién vencí a pesar de mi corta edad — razoné mientras pensaba en otras implicancias indirectas ya que ésta acción era para evitar una guerra entre ambas civilizaciones.<br />
También recordé, que yo era un escritor. Debía contar la vida anterior de Elvis a quién conocí antes de partir a éste destino y que además debía preservar su identidad para que él pueda cumplir la propia e importante misión sin interferencias.<br />
  — Son muchas coincidencias las que continuamente señalan el camino que debo seguir — analicé luego de reflexionar sobre lo que estaba escribiendo, preocupado por la responsabilidad que pudiera corresponderme en el caso de mantenerme al margen de ellas, ignorándolas, evitando hacerlas públicas. — ¿Qué debería hacer?  — ¿Debo denunciarlos? — Y si decido hacerlo ¿Tengo autoridad para sugerirle a los presidentes del club de naciones poderosas a que acepten negociar reglas de convivencia pacífica con los extraterrestres radicados en la Luna lo más urgente posible?   — ¿Será mi deber instar a las partes cimentar los fundamentos básicos para una unión comercial interplanetaria? ¿Proponerles que terminen con la actual forma de guerra fría, cuando aún es posible hacerlo serenamente? — ¿De qué otra forma podría resolverlo? — ¿Y si acudo a los medios de prensa? — dije analizando otro camino. — ¡Ni loco! Seré destrozado por los periodistas, lucrarán de todas las maneras posibles — ¿Qué va a suceder con mi querida esposa cuando se entere por los distintos medios sobre el carácter de la denuncia? ¡Sería terrible, es justo a quién debo proteger! — ¿Qué va a pasar conmigo si me mantengo al margen, evitando denunciarlo? — pensé yendo a menos. — No puedo, esa alternativa queda completamente descartada — argumenté — está predeterminado que escribiría este libro y mientras tenga uso de razón, sabiendo lo que ahora sé, conociendo lo que me espera, no escatimaré esfuerzos para cumplir con mi deber. No hay marcha atrás — afirmé convencido. — ¿Qué debo hacer para cumplir mi deber y a la vez seguir disfrutando de la compañía de Soledad? — ¿Renunciar a continuar la vida actual y promoverme como un mártir? De ninguna manera, no cumplo los requisitos anteriores. Intuyo que aún queda alguna esperanza para otra salida. — ¿Con qué puedo defenderme?   — ¿Qué factores están a favor? — pregunté en voz alta, positivamente, esperando recordar alguna experiencia anterior heredada de mis ancestros, o mejor aún, la ayuda de los amigos de la otra vida — inferí —. En todo caso, apelar a la sabiduría del Señor sería lo más prudente — acepté por último, convencido. — Tengo otras posibilidades — razoné luego, imaginando una solución contundente —. Podría usar el revólver del abuelo Roma — justifiqué recordando las palabras de mi suegro, aseverando que llegaría acompañada  con un soldado de la alianza, quién estaría apretando el gatillo, dirigiendo la puntería.  — Podría incluso usar la lanza que dejé enterrada cerca del peñasco, apelando a las almas que juraron defenderme en las causas justas más allá de la vida terrena — concluí dubitativo, analizando aquella nueva alternativa. — Pero en realidad prefiero esta otra arma — dije por fin, tomando una decisión luego de meditar serenamente —. Mi último libro tiene el mismo color que la lanza y lleva igual inscripción en uno de los lados: Elvis                                       &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-0&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
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